A Martín Imán la emoción lo desborda cuando recorre su historia como pastelero. Tiene que frenar el relato y secarse las lágrimas. Dice que siempre fue así: un pibe de Villa Urquiza que pateó las calles del barrio, trabajó en lo que pudo y que, en una de esas noches de salida, se cruzó con quien terminaría cambiándole el rumbo a su vida.
Ella es Diana, psicóloga, pelo lacio, rojo fuego. La mujer que logró encauzar esa energía explosiva y empujarlo a creer en algo más grande. Él, criado en un colegio público de “Villurca”. Ella, egresada del colegio alemán de Belgrano. La bella y la bestia versión porteña.
Martín fue bachero y lo cuenta con orgullo. En pandemia armó cajas de desayuno y salió a venderlas. Recorrió cada escalón posible dentro de la gastronomía, incluso en Europa, hasta que la ruptura con un cliente importante los impulsó a abrir una ventana de venta directa. Desde entonces, la escena se repite: medialunas gigantes que se agotan, laminados perfectos, cremonas que crujen y una vereda que, en los eventos mensuales, llega a reunir hasta 200 personas. Un furor que todavía lo sorprende.
La historia de Martín Imán
Detrás de la pastelería de Martín Imán hay una historia de amor. Se conocieron en un boliche: él la sacó a bailar y le preguntó de dónde era. “De Belgrano”, respondió Diana. “Somos vecinos”, dijo Martín. Ella pensó que exageraba: para su mundo, Villa Urquiza quedaba lejísimos. “Estamos lejos de ser vecinos”, ella le respondió. Sin saber que en breve formarían una familia.
“Somos totalmente distintos”, dice Martín. Ella creció en Belgrano, dentro de la comunidad judía y fue a colegio alemán. Él, en cambio, es puro barrio de Urquiza. Ese cruce también le abrió la cabeza y lo empujó a apostar en serio por la cocina mientras ella dejaba su profesión para acompañarlo. Estudió en el IAG, aunque como muchos cocineros terminó de formarse en la práctica y de la mano de mentores que con los años se volvieron familia.
Empezó desde abajo. Muy abajo. Lavando platos. “Arranqué desde la bacha”, recuerda. Hubo jefes estrictos, días duros y hasta lágrimas. Pero también hubo quienes vieron algo en él. Uno de sus mentores le pasó sus primeras recetas de pan. “Arranqué con medio kilo de harina, después un kilo, después tres. Ahí descubrí que me encantaba”, recuerda.
Pasaron de trabajar en un monoambiente de 20 metros cuadrados a un edificio de 250 metros cuadrados. Pero el gran giro llegó cuando su mayor cliente dejó de comprarles y quedaron con mucha mercadería y una estructura difícil de sostener. En ese momento de incertidumbre, Diana lanzó una idea simple: abrir la ventana de su centro de producción, que da a una avenida pintoresca de Villa Urquiza y ver qué pasaba.
La apuesta funcionó. Así nació la famosa ventanita, desde donde hoy salen entre 200 y 300 medialunas por semana, hechas con pura manteca y tres días de trabajo. Y cada tanto la vereda se transforma en fiesta: en los eventos mensuales llegaron a reunir hasta 200 personas que se acercan con reposera para compartir un menú fijo por menos de $20.000. “Amo Urquiza, hacer ruido acá es muy importante para mí”, dice Martín. Y el barrio parece haberlo adoptado.
Qué comer en la pastelería de Martín Imán
“Somos un centro de producción que vende pastelería”. Y si se lo piensa así corren con la ventaja de tener productos frescos todos los días. Por eso detrás de la ventanita de Villa Urquiza hay algo más que un mostrador con dulces. Hay un taller de dos pisos donde todo gira alrededor de las masas, la manteca y los tiempos largos. Un grupo humano que los quiere y apoya.
Aunque estudió en el IAG, su formación no quedó solo en las aulas. Como muchos cocineros, terminó de pulirse en la práctica. Ahí entendió que lo suyo no estaba en la cocina salada. “Dije: pará, esto es lo que me gusta. No quiero estar pegando cebolla y carne, me encanta hacer esto”, recuerda. Desde entonces, decidió volcar toda su energía a lo dulce.
También hubo una decisión consciente detrás del camino elegido. Martín no persigue la fama del chef famoso. Prefiere algo más concreto, tener su propio negocio y que la gente vuelva porque le gusta lo que hace. “Quiero que me elijan por el producto”, dice. Una idea simple que en su caso se traduce en obsesión por la técnica y por los detalles.
En el obrador, el proceso manda. Compraron una laminadora alemana de primera línea, similar a la que usan algunas casas históricas de la costa atlántica. El día que llegó, Martín lloró de emoción. No es para menos: sus medialunas llevan tres días de trabajo, usan pura manteca y respetan cada etapa del laminado. Par él su obra mejor ejecutada, por eso se las tatuó y las lleva para siempre en la piel.
Desde la ventanita salen los hits de la casa: medialunas grandes y mantecosas ($ 3500 por unidad), scones de queso muy buscados por los vecinos y cremonas ($ 6.200) de corazón suave y corteza crocante que piden mate a gritos. También hay granola casera ($ 14.900 1/2 kilo) que tiene fanáticos propios y que debería venir con advertencia por adicción. También un sándwich tostado bien suculento donde la masa del scon de queso hace las veces de pan ($ 14.900).
Martín no se queda quieto, Diana lo sigue, le completa las oraciones, es la que se acuerda de los nombres, mientras le da pecho a su beba de 3 meses, la que está a cargo de la administración y la que exige que todo esté en regla.
Él suele quedarse pensando en masas y rellenos hasta que surge algo distinto, como esas bolas de scones rellenas que empezó a probar hace poco. Ya están pensado en su proximo evento, hacen uno por mes. Hubo locro, sándwiches, panchos especiales con salchichas de Tandil que con bebida y postre no llegaban a pasar lo que sale un combo de Mc Donalds. Para ponerle sal al asunto convocan bandas o algun show para entretener al público presente.
El éxito del lugar también tiene que ver con el formato. Las piezas son generosas, pensadas para compartir o para que el bocado valga la pena. Todo es sabroso, fresco. Y el boca a boca hizo el resto: hay clientes que viajan desde lugares como La Plata solo para probar sus medialunas. Una escena que, para un pastelero que empezó lavando platos, todavía tiene algo de irreal.
Martín Imán. Franklin D. Roosevelt 5415, Villa Urquiza. Lunes a sábado de 8 a 19.30 hs. Domingo de 9 a 12.30 hs. Instagram: @martin_iman