Cuando era niña, mi madre solía jugar con hormigas, dejándoles caer gotas de agua con un gotero. Observaba cómo flotaban y giraban, incapaces de escapar debido a la tensión superficial. Aunque no estaba orgullosa de esta travesura, compartió la anécdota conmigo, y yo también intenté hacer lo mismo. Descubrí que las gotas amplificaban las imágenes de lo que había debajo, como las baldosas del balcón o las nervaduras de una hoja. Esto me llevó a obsesionarme con la observación de objetos a través de una lupa que guardaba mi padre. Con el tiempo, recibí un juego de química que incluía un microscopio rudimentario. Me fascinaba explorar cualquier cosa que llamara mi atención, desde espinas hasta gotas de agua. Este interés por lo microscópico me recuerda a Antonie van Leeuwenhoek, un hombre del siglo XVII en Holanda que, sin estudios formales, fabricó las mejores lentes del mundo. A través de sus observaciones, descubrió los primeros microorganismos, que llamó "animálculos". Su carta a la Royal Society de Londres en 1676, describiendo estos seres invisibles, fue recibida con escepticismo, pero marcó un hito en la historia de la ciencia. Por otro lado, Robert Hooke, en su obra "Micrographia" de 1665, perfeccionó el microscopio y acuñó el término "células" al observar corcho. Sus detallados grabados transformaron nuestra percepción del mundo, revelando que la realidad se extiende más allá de lo visible.