Edicion Argentina AR · 14 Mar 2026
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¿Audacia o locura?
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¿Audacia o locura?

Hace pocas semanas, tres escaladores rusos difundieron por las redes la ascensión que realizaron al Fitz Roy, en Santa Cruz, y cómo se arrojaron desde 3.100 metros en caída libre, el llamado salto BASE, una modalidad en la que emplean traje-alas y paracaídas: “volaron” unos dos minutos, y otros dos ya con sus paracaídas. Una protección mínima en un sitio donde esos saltos no están autorizados.

Pero lo de aquellos escaladores rusos pareció un juego de chicos al lado de la aventura del estadounidense Alex Honnold, quien el domingo pasado trepó los 508 metros del Taipei 101, una mole de acero, cristal y hormigón que hasta la última década era el edificio más alto del mundo: lo hizo en la modalidad de “free solo” o Solo Integral, es decir, sin arnés ni otra protección.

Se jugó la vida en cada paso durante la hora y 21 minutos que le demandó la escalada, en un “espectáculo” transmitido a todo el mundo por Netflix con un delay de apenas 10 segundos, en previsión de alguna tragedia.

Para los expertos en el tema, la dificultad técnica de la ascensión al Taipei no representa un problema mayor para un escalador de primera línea, pero lo que entra en discusión es si es necesario jugarse la vida –o si ya está en el terreno del morbo- hacerlo sin protección.

El checo Adam Odra, oriundo de Brno, diez años más joven que Honnold y considerado el escalador más fuerte en la actualidad (cuatro veces campeón del mundo, en las competencias de este tipo), aseguró que “me he caído tantas veces en lugares donde jamás hubiera creído posible caerme, que tengo claro que jamás escalaré sin cuerda”.

Josep Font, psicólogo del Centro de Alto Rendimiento de Sant Cugat, en España, explicó que para los escaladores sin protección “el reto no es deportivo, sino enfrentarse al miedo y superarlo. El objetivo de un motociclista de competición es ganar carreras aunque para eso tenga que afrontar el miedo a sufrir un accidente. En cambio, el escalador de solo integral no tiene un reto deportivo, sino psicológico, que es enfrentarse al miedo y lograr escalar sin que le pase nada. El reto es la superación de la misma situación de peligro”.

Varios especialistas argentinos en ascensión, consultados en La Nación, calificaron la aventura de Honnold en Taipei como una temeridad. Julián, guía de montaña y profesor del Centro Andino Buenos Aires, afirmó: “Más allá de la natural admiración que me genera la destreza de un escalador de ese nivel, creo que el Solo Integra’ es una aproximación al suicidio y es una práctica que no comparto bajo ningún aspecto”.

“Lo que vimos en Taipei me parece de una enorme irresponsabilidad, es un acto de temeridad aprovechado para generar un negocio a partir del morbo de la gente por ver una muerte en HD”, dijo Julián Insarralde, un experimentado guía de montaña, instructor de escalada en hielo y escalador que cuenta con más de mil cumbres en la Argentina y el mundo.

Honnold ya había ganado fama (y un Oscar al documental en largometraje) cuando realizó la escalada a El Capitán, en el Parque Yosemite en su país, unos mil de altitud. Y mucho antes que Trump y sus funcionarios lanzaran sus amenazas de anexión a Groenlandia, Honnold realizó otra ascensión de 1.144 metros por el acantilado Ingmikortilaq.

En este caso, dentro de una misión con fines ecológicos, alertando por el cambio climático. Semanas antes del episodio de Taipei, se preparó con doce horas de escalada sin cuerdas en el Monte Wilson, en su país. “Tengo 40 años, llevó 29 escalando cinco días por semana, es normal que no me cueste mucho realizar ciertas cosas”, dijo.

Su primera aproximación a los documentales se había concretado en 2011 cuando filmó para el National Geographic la subida del Half Dome, también en Yosemite: 500 metros de pared. Seis años después, cuando volvió a esa región y fue filmado por Peter Mortimer para el premiado documental “The Dwan Wall and The Alpinist” todo se ve como una película de terror que –pese a conocerse el final positivo- no deja de sacudir los nervios del espectador.

Bajo estudio

Las aventuras de personajes como Honnold también ya tienen sus estudios científicos. Décadas atrás, el psicólogo estadounidense Marvin Zuckerman estableció que “existe una serie de personas que pueden ser definidas como buscadoras de sensaciones: persiguen experiencias nuevas y emocionantes incluso si implican riesgos. Los que escalan sin cuerda, necesitan una fuerte estimulación respecto al peligro, es decir, que les pone colocarse en situaciones terroríficas”.

Y la personalidad del propio Hannold fue estudiada por la neurocientífica Jane Josep quien, en un trabajo que difundió Nautilus en 2016, explicó: “Las amígdalas de Honnold, su estructura cerebral que procesan las emociones, se activa menos que el común de la gente cuando está frente a un escenario aterrador”.

El vértigo que a cualquiera le supone esa altitud, no condiciona a Honnold, quien mantiene un autocontrol mental, crucial para la toma decisiones. Así sucede en sobre 500 metros en Taiwán o en las paredes más peligrosas del Parque Nacional de Yosemite. Seguirlo a través de las redes y la tv, como millones lo hicieron el domingo, puede suponer una experiencia excitante. O angustiosa, escalofriante.

En el historial

“En Europa, la escalada sin cuerda se percibe entre la comunidad escaladora como un ejercicio difícilmente comprensible y justificable. Sin embargo, Estados Unidos ofrece una gran tradición de solitarios y su comunidad respeta la decisión de prescindir de la cuerda” explicó Oscar Gogorza, especialista en El País.

Y recordó episodios como las carreras desbocadas de Ueli Steck en la cara norte del Eiger o las mujeres que realizaban lo mismo: la estadounidense Steph Davis o la francesa Catherine. “Puede sonar fuerte, pero en última instancia entre los que escalan sin cuerda existe cierto desvío psicopático de la personalidad. Se trata de personas poco sensibles tanto al premio como al castigo aunque puedan ser personas muy inteligentes. Saben que pueden perderlo todo, pero no les afecta mucho”, apuntó Josep Font.