En Ituzaingó, Gisela Kalyñiuk encontró una manera única de combinar arte, paciencia y emoción: creando bebés Reborn, muñecos hiperrealistas que parecen recién nacidos. Su historia con esta técnica comenzó hace varios años, cuando quería conseguir uno de estos bebés para su hija. “Algún día se lo voy a hacer yo'”, recuerda. Desde ese momento, su interés se transformó en un aprendizaje constante, entre tutoriales, videos y la búsqueda de materiales difíciles de conseguir en Argentina.
El primer bebé que realizó fue para su propia hija, y ese momento quedó grabado en su memoria: “Solo le habíamos puesto las piernitas y el cuerpo, y las dos nos derretimos, nos tiramos al piso de la emoción”. Esa mezcla de alegría, orgullo y ternura marcó el inicio de su recorrido en el arte Reborn, y desde entonces no ha dejado de perfeccionar su técnica.
Cada muñeco requiere un proceso largo y meticuloso. Gisela limpia y prepara el kit de vinilo, aplica múltiples capas de pintura para lograr los tonos de piel y los pliegues naturales, horneando cada capa para sellarla. Luego coloca pestañas, ojos y, cuando corresponde, injerta el cabello pelo por pelo usando mohair o alpaca importados. Los cuerpos se rellenan con microesferas de vidrio y vellón para darles peso y flexibilidad, lo que reproduce la sensación de un bebé real.
Su motivación va más allá del arte. Cada pieza que entrega está pensada con detalle y dedicación, y Gisela mantiene un vínculo cercano con quienes adquieren sus bebés: comparte fotos del proceso, responde a las consultas y acompaña cada entrega con cuidado y respeto. “Lo que hay entre un bebé, la persona que lo compra y yo es todo un vínculo lindo, y me encanta que la gente sienta confianza, y yo también transmitírsela”, dice.
Además de esta cercanía, muchos compradores encuentran en los bebés Reborn un efecto reconfortante y calmante. El peso y la textura de cada muñeco generan sensación de bienestar, y algunos los utilizan como compañía para regular emociones, sobrellevar momentos de soledad o acompañar procesos de duelo. Incluso se ha observado que pueden brindar serenidad y fomentar comportamientos de cuidado en personas mayores, reforzando la dimensión afectiva de estas piezas únicas.
El proceso creativo es también una experiencia íntima y terapéutica para ella. Cada bebé es tratado como un ser único, desde la preparación de la pintura hasta la colocación final de los detalles. La artista dedica horas a perfeccionar cada pliegue, cada rojez y cada textura, asegurándose de que la pieza transmita emoción y realismo. Para lograrlo, comenzó con un curso básico desde España y, con el tiempo, se formó de manera autodidacta. Observa el muñeco mientras lo pinta y decide qué agregar o modificar: todo surge en el momento.
Cada bebé que llega a su nuevo hogar recibe un ajuar completo, que incluye vestimenta especialmente elegida por la artista, chupete, mantita, pañales, un osito de apego, además de su certificado de nacimiento y una guía de cuidados.
Ser la única artista de este tipo en Ituzaingó le ha dado visibilidad y reconocimiento. Su enfoque combina respeto y cordialidad: contesta cada mensaje, comparte su proceso y se asegura de que cada cliente se sienta acompañado. “Me gusta que eso se perciba, porque refleja lo que soy. Lo bueno se transmite: mi forma de ser, de ponerme en el lugar de la otra persona y saber que están comprando algo con mucho valor emocional”, afirma.