Me preocupa y me entristece la cantidad de noticias en los últimos años que vinculan situaciones de violencia y adolescencia. En los colegios, en los clubes, en los barrios cerrados, en Argentina y en todo el mundo. Grupos de jóvenes vandalizando las instalaciones de sus propios colegios, brutales golpizas a las salidas de los centros bailables, un grupo de chicas que dejan inconsciente a una muchachita con trastorno del espectro autista en un corso en Morón, y montón de historias terribles, muchas con final trágico.
¿Es la violencia una característica inherente a la adolescencia? De ninguna manera. Esta etapa evolutiva y la violencia no son condiciones que vayan de la mano.
"La naranja mecánica" fue una maravillosa película de los '70 en la que un grupo de jóvenes ejercía violencia en modo patota haciendo valer la supremacía numérica y el efecto manada.
Las cosas en estas décadas están cada vez peor. ¿Los motivos? Muchos y de eso trataré de dar cuenta. Pero antes de seguir, una aclaración válida: de ninguna manera la solución a este problema está, a mi criterio, en la baja de la edad de imputabilidad. No es en los tribunales ni en las cárceles donde se debe gestionar y resolver esto, si no en los colegios y en los hogares, desde el amor, el cuidado y desde el abordaje de esta problemática como responsabilidad de todos.
Pospandemia, violencia física y simbólica
La violencia protagonizada por adolescentes dejó de ser un fenómeno aislado para convertirse en una preocupación global. Peleas escolares filmadas y viralizadas, agresiones físicas y simbólicas, estallidos de furia repentinos y una creciente intolerancia al límite se repiten en distintos países con una frecuencia que inquieta. La pospandemia no creó este escenario, pero sí lo profundizó y lo dejó brutalmente expuesto.
La pandemia interrumpió procesos clave de socialización y regulación emocional. Muchos adolescentes regresaron a la presencialidad con habilidades socioemocionales frágiles: menor tolerancia a la frustración, dificultades para resolver conflictos y una vivencia del otro como amenaza antes que como semejante.
La pandemia solo agudizó lo que se venía gestando décadas atrás. Quiero decir: las cosas en lo que a la salud mental de la adolescencia se refiere ya venían mal, y lo explica de manera brillante el psicólogo social Jonathan Haidt en su gran libro "La generación ansiosa".
Él describe este momento histórico como una "gran reconfiguración de la infancia". Sus investigaciones muestran que entre 2010 y 2019 los índices de ansiedad y depresión en adolescentes se duplicaron en varios países occidentales, con un aumento del 131 % en las tasas de suicidio en niñas de 10 a 14 años en Estados Unidos, tendencia que se replica en otras partes del mundo.
Haidt señala una paradoja central: adolescentes hiperprotegidos en el mundo físico —con poco juego libre, poca autonomía— y desprotegidos en el mundo digital, expuestos desde edades tempranas a redes sociales, comparaciones permanentes, discursos de odio y violencia simbólica. En ese ecosistema, la agresión se normaliza y se multiplica. Una generación ansiosa en un mundo digital sin adultos que acompañen y regulen.
Y digo: la falta de límites no genera libertad, sino desorientación. Un adolescente sin referencias adultas firmes queda librado a su propio impulso y, en contextos de alta ansiedad, ese impulso puede devenir en violencia.
Sabemos que los adolescentes tienen muy corto el recorrido desde el impulso al pasaje al acto, por la ausencia de un freno inhibitorio efectivo que aporta el cerebro prefrontal, que se encuentra en desarrollo en esta etapa evolutiva.
El buen vínculo con los adultos es el factor de protección más importante para los adolescentes: los límites como amor y cuidado, el acompañamiento parental en el uso de la tecnología y las estrategias de armado de redes para enfrentar la cantidad enorme de riesgos que asumen nuestros chicos frente a la ausencia -precisamente- de límites.
A esto se agrega una industria de las adicciones que apuesta a que los chicos sean adictos a la mayor cantidad de cosas en el menor tiempo posible. Y en este aspecto los adultos estamos haciendo agua por todos los frentes.
El menú que confluye en una serie de crecientes fenómenos violentos incluye como principales factores de riesgo:
⦁ Aumento de ansiedad y estrés crónico.
⦁ Exposición temprana y sin mediación al mundo digital. Los chicos no son nativos digitales, nacen en un mundo donde les damos pantallas desde muy pequeños privándolos de interacciones interpersonales.
⦁ Déficit en habilidades socioemocionales. Exceso de pantallas y pocos recursos de elaboración a través de la palabra. Los chicos crecen en un universo simbólico desprovisto de herramientas para enfrentar los desafíos que la vida adulta propone. Un adolescente que fue sobreprotegido durante toda su infancia, cuando se enfrente al mundo real sin papá o mamá que resuelvan/defiendan/ gestionen/contengan, se verá desarmado a la hora de encontrar caminos para el manejo de la ira, la tristeza o el entender que las cosas en la vida no son como uno quiere.
⦁ Adultos inconsistentes o emocionalmente ausentes. Se prioriza la satisfacción inmediata por sobre la construcción de capacidad de espera, sentido de responsabilidad, y habilidades blandas. "Ya va a tener tiempo de sufrir" es el lema, pero sino les enseñamos a sufrir no les enseñamos a crecer.
⦁ Umbral de frustración muy por debajo de lo esperable producto del sobreempacho de confort como resultado (y lo explico una vez más) de una generación amorosamente tibia de padres y madres que en un vano intento por diferenciarse de la generación de padres autoritarios se han ido radicalmente a un lugar de desamparo por ausencia de bordes que protejan a los chicos.
Ante este escenario, se abren varios caminos posibles que nadie quiere que nuestros hijos transiten y que incluyen desde estallidos violentos a salidas y resolución hacia las distintas patologías adictivas hasta trastornos de ansiedad, depresiones, autolesiones.
En Argentina, estudios de la Sociedad Argentina de Pediatría dan cuenta de un incremento significativo de síntomas de ansiedad, irritabilidad y dificultades en el control de impulsos en niños y adolescentes tras la pandemia.
En contrapartida, los principales factores de prevención no son tecnológicos ni punitivos, sino vinculares. Somos -y lo digo una vez más- el mayor factor de protección frente a la violencia. Me (y les) vuelvo a preguntar: ¿hacemos algo o seguimos mirando?
Del ring raje al tumba puertas
Mis mayores travesuras en la adolescencia temprana fueron dos: cargadas telefónicas y el ring raje.
En la primera, llamábamos a altas horas de la madrugada con mi amigo Leo desde los teléfonos fijos -claro está- a números aleatorios con dudoso buen gusto haciendo distintos "chistontos".
Mi padre me descubrió en una madrugada de insomnio y estuve sin salir por varias semanas. Aprendí, y hoy con mi mirada adulta, pido disculpas genuinas a toda la gente que desperté con mi travesura.
El ring raje era una práctica habitual. Y me llevé retos varios de los dueños de casa, hasta que un día un hombre mayor nos dio un sermón que todavía recuerdo.
Hoy se instaló en grupos de chicos una versión más aguerrida: el "tumba puertas" es una versión del rin raje en el que el objetivo es golpear con la mayor fuerza posible en las puertas de las casas víctimas de este juego, y si alguno logra abrir la puerta de una patada esto es un trofeo inconmensurable.
Una amiga me contó que su hijo de 13 años se fue con su grupo de amigos en vacaciones en una playa a practicar este juego entre las habitaciones del complejo. Junto a otros padres y madres, los buscaron, los encontraron, les hicieron disculparse antes las "víctimas" de esta travesura y volvieron con la lección aprendida.
Mi hipótesis es la siguiente y este es el foco central de esta nota que escribo: la violencia en los chicos y adolescentes es directamente proporcional a la ausencia de límites en los adultos y a todos los factores de riesgo que nombré al comienzo de esta nota.
Un niño pequeño busca límites de manera pequeña. Un niño grande busca límites de manera grande y el límite a veces es el cuerpo, es lo legal, es una vida arruinada, o varias.
Los límites que no ponen los adultos primordiales desde el cuidado, y el sentido común se van se van corriendo de manera peligrosa, poniendo en riesgo la propia integridad y la de terceros.
De eso se trata, de asumir protagonismo y de darles a nuestros jóvenes los factores de protección que precisan.
Y esto es:
⦁ Educar con el ejemplo: mostrar desacuerdos respetuosos, discusiones sin humillación, pedidos claros sin gritos y un buen manejo del enojo.
⦁ Favorecer la comunicación asertiva.
⦁ Educar la gestión de emociones y facilitar en los hijos nombrar a las emociones, regular sin estallar, a reparar cuando se equivoca, a discutir sin destruir, a aceptar diferencia y sostener límites sin agresión.
⦁ Ante cualquier duda, realizar una consulta profesional, es preferible que esta consulta sobre y no que falte.
El problema de la violencia en la adolescencia no distingue clases sociales, ni niveles educativos. Es problema de todos. Nuestros chicos nos precisan, te precisan. "Porque te quiero te cuido" es el hashtag y el lema que debemos militar desde el amor y la responsabilidad colectiva.
Ya se lo que estás pensando: es complejo. Y sí, lo es. Pero como digo siempre: difícil pero no imposible.
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➪AGENDA. Alejandro Schujman presentará "Primero yo, después te quiero" Especial Adolescencia, el 22 de febrero a las 21 en el Paseo La Plaza
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