Grasa se llama y está en Villa Crespo y, aunque el nombre pueda sonar a manos brillosas y montañas de servilletas, pasa todo lo contrario. La hamburguesa es más chica, prolija, y no provoca la necesidad de una siesta después. Está pensada para comer sentado, al plato, escuchando buena música. Para un público +30. Ese que ya no quiere comer apurado ni parado en la vereda, y que agradece que alguien le acerque una hamburguesa como corresponde.
Desde que abrió, la postal es siempre la misma: gente haciendo cola y mesas llenas. La recomendación, si no se quiere esperar, es acudir temprano. A las 19.30 ya empieza a poblarse y, si llegás más tarde, vas a tener que agregarle la demora a tu plan. Es tal la demanda que tuvieron que frenar el take away para concentrarse en lo que pasa puertas adentro. En apenas 50 metros cuadrados pueden atender a más de 270 personas por noche.
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Cómo es y qué comer en Grasa
Grasa nació de una observación bastante sencilla: “Hicimos algo pensado en un público que no tenía dónde ir a comer una hamburguesa”, dice Andrés Andrés Kosacoff, uno de los dueños. El escenario apareció casi solo: un local sobre Acevedo, en Villa Crespo, que supo ser café de especialidad y hoy alberga hamburguesas smasheadas. El espacio es chico. Acá la cocina se ve y la barra funciona como platea.
La hamburguesa, claro, es la protagonista. “Vinimos con otra propuesta, otra forma de consumo”, explica Andrés. Se come sentado en una silla cómoda, en plato, con buena música y un clima que corre bastante lejos de la hamburguesería clásica.
Incluso de noche. y hasta en plan cita. “No vas a una hamburguesería en una cita… y acá sí pasa”, dice, casi sorprendido. Vino en la mesa y servido en una copa, vermú que rota, público +30 y una idea que se viralizó y convirtió a la hamburguesería en furor.
El local acompaña esa lógica sin sobreactuarla. Algunas mesas adentro, otras en la vereda y una barra que no es decorado: ahí se arman las hamburguesas a la vista.
La propuesta también se define por lo que elige no ser. Carta corta, ingredientes simples y procesos cuidados. “La idea era poder manejarla bien y hacerla bien”, resume Andrés. En un momento donde la gastronomía busca la vuelta a lo local ellos decidieron ignorar la tendencia y proponen el pan importado de papa que llegó después de muchas pruebas, incluso comparándolo con opciones locales muy buenas. Ganó por textura, por suavidad y por una sensación que se nota al primer mordisco.
“Decidimos hacer una carta muy reducida, con ingredientes simples, pero bien hechos”, explica Andrés. La base son las hamburguesas smash, que llegan en plato, prolijas, sin desarmarse en las manos ni chorrear por todos lados. Hay versión simple y doble, pensadas para distintos apetitos. “No es la hamburguesa de cuatro pisos para salir reventado”, aclara, casi como una declaración de principios.
La cheeseburger viene con cheddar, cebolla, mostaza, ketchup y pickles de pepino. ($ 11.000 la simple y $ 14.000 la doble). La clásica se sirve con cheddar, lechuga, tomate, cebolla y salsa de la casa ($ 11.000 la simple y $ 14.000 la doble).
La carne se trabaja con un blend propio desarrollado junto a su proveedor, Muge, y responde a la misma lógica: calidad pareja y sabor limpio. Todo está pensado para que la hamburguesa se coma cómoda, sin perder identidad en el camino.
En todas las opciones, el sabor de la carne es el que manda. La técnica del smash está bien lograda, con esos bordes caramelizados que aportan un contraste sabroso y justo, y se llevan perfecto con la textura del pan, tan suave que casi desaparece al primer mordisco. En la versión con tomate y lechuga, los vegetales aparecen de manera medida, sin robar protagonismo: están para acompañar, no para tapar a la hamburguesa.
Para acompañar, hay papas fritas que se sirven con topping de queso parmesano rallado y aceite trufado ($ 9.500) y otra versión de papas fritas sazonadas ($ 6.000). En ambos casos, quedan un paso atrás del resto de la propuesta: la papa es prefrita, correcta pero sin sorpresas, y a las dos opciones les falta un poco más de carácter para estar a la altura de la hamburguesa.
Lo que sí sorprende es la ensalada Caesar ($ 7.000), un acompañamiento poco habitual en una hamburguesería y que acá funciona. “A nosotros nos encanta la ensalada César y hacemos una que está buenísima”, dice Andrés, y explica la lógica detrás de la elección: “No es una hamburguesa que se te desarme y te chorree todo, entonces acompañarla con ensalada está bueno”. No es raro ver mesas que combinan papa y verde, una dupla que el público adoptó sin prejuicios.
En las bebidas, Grasa también corre el eje. “Por lo general la hamburguesa va con cerveza, acá te diría que lo principal es el vermú”, cuenta Andrés. El vermú de la casa rota seguido, igual que la carta de vinos, que está en expansión. Hoy salen mucho los tintos jóvenes y frescos, aunque también hay cerveza en botellitas chicas de vidrio. “Creemos que en eso también está cuidado el servicio”, dice. Detalles mínimos que, en conjunto, explican, en parte, por qué se acerca un público de mayor edad.
Grasa. Acevedo 986, Villa Crespo. Martes a domingo de 19.30 a 0. Instagram:@grasa__