Una Constitución tiene un carácter mixto: es factual y normativa. Factual debido a que se refiere a normas que existen en la realidad. Normativa debido a su operatividad o aplicabilidad directa en la dimensión de la vida cotidiana.
¿Por qué una Constitución tiene fuerza normativa? Gustavo Zagrebeslky en su obra Tiempos difíciles para la Constitución (Palestra, 2024) lo explica con una sola palabra “adhesión”, la cual es frágil, no tiene ninguna póliza de seguro y depende de numerosas razones y explicaciones.
La adhesión es el alma de una Constitución, sin ella se transforma en un cadáver que puede ser embellecido y momificado con el único propósito de engañar. No puede ser considerada solo un acto individual, sino que fundamentalmente consiste en una acción colectiva que transforma los compromisos privados en una referencia común de ética pública en aras de la convivencia pacífica.
En tiempos de tranquilidad no tomamos conciencia de la fragilidad de la Constitución ni de la necesidad de cuidar la “adhesión” o los consensos fundantes sobre los que se asienta. Cuando creíamos que después de la Segunda Guerra Mundial y los horrores contra la dignidad humana que esta desnudó (a lo que podemos sumar la caída del muro de Berlín), la fuerza normativa de las Constituciones y su complemento ideal (el derecho internacional de los derechos humanos) tenía en occidente una sólida “adhesión” como pacto de convivencia pacífica y estilo de vida comunitario, apareció como fenómeno global -aún con distintos matices- lo que Steven Forti denomina “extrema derecha 2.0” en el libro Extrema derecha 2.0. Qué es y cómo combatirla (Siglo Veintiuno, 2023) que intenta imponer un nuevo formato social e institucional donde la Constitución no tiene ningún lugar utilizando la pérdida cada vez más sostenida de la adhesión social a su fuerza normativa.
Algunas de las herramientas más eficaces a través de las cuales opera la “extrema derecha 2.0” consisten en polarizar a la sociedad, un exacerbado tacticismo mediante el cual lanzan continuamente temas polémicos para observar el impacto que tienen sin presentar ningún límite a cambios de posturas radicales sobre dichos temas cruciales en poco tiempo y, fundamentalmente, un ataque frontal al sistema democrático liberal tachándola como un producto desvinculado de la voluntad del pueblo (de ahí su irritación permanente por el funcionamiento del sistema republicano y el orden constitucional como límite al deseo absoluto). De esta manera, utilizando las formas democráticas (y en la mayoría de las veces abusando del ejercicio de mecanismos excepcionales previstos por la Constitución) logran transitar de una democracia liberal, representativa y pluralista a una autocracia monista (tal como sucedió con Viktor Orbán en Hungría y sucederá con Javier Milei en nuestro país).
Quizás uno de los elementos centrales que utiliza con precisión quirúrgica la “extrema derecha 2.0” es el inteligente uso de las nuevas tecnologías (especialmente la inteligencia artificial generativa) mediantes las cuales crean de forma permanente una retórica agresiva que construye “posverdades” sostenidas por un relato basado exclusivamente en emociones y sentimientos frente a los hechos y la evidencia (donde lo visceral prevalece sobre lo racional) socavando el debate público, promoviendo percepciones erróneas, erosionando la fuerza normativa de la Constitución y destruyendo la confianza en el valor de las instituciones en torno a la dignidad humana.
Es realmente notable como el discurso digital construido por la “extrema derecha 2.0” a través de distintas aplicaciones llega con la potencia de una verdad incontrastable a las generaciones U40. Si un 24 de marzo cuando se conmemora el día nacional de la memoria por la verdad y la justicia, el gobierno distribuye en el mundo digital una versión negacionista y ante esto solo se responde con la típica marcha basada en el formato analógica, difícilmente las nuevas generaciones que no vivieron el horror de la dictadura militar pueden entender lo que realmente pasó.
Sus líderes, como sostiene Giuliano da Empoli, en La Hora de los Depredadores (Seix Barral, 2025) se concentran en el fondo no en la forma prometiendo resolver los verdaderos problemas del pueblo sin que importen en demasía los reglas que establece la Constitución (las cuales son denostadas como si fueran un complot de élites opresoras del pueblo). Los “asesinos” de las democracias utilizan las propias instituciones democráticas de manera sutil, gradual e incluso “legal” para liquidarlas.
El Primer Ministro de Canadá Mark Carney, en su notable discurso en el Foro Económico Mundial de Davos, esbozó un gran diagnóstico sobre la vigencia del derecho internacional tal como fue concebido que es totalmente aplicable al derecho constitucional y al derecho de los derechos humanos: estamos en medio de una ruptura, no de una transición.
Responder a un escenario de ruptura exige, ante todo, abandonar la ilusión de normalidad. Cuando la fuerza normativa de la Constitución se erosiona por la pérdida de adhesión social, ya no alcanza con la invocación ritual de textos, precedentes o cláusulas. La defensa constitucional no puede reducirse a una práctica académica ni a la confianza ingenua en la autorregulación institucional.
¿Qué hacer frente a esta situación? Obvio que no existe una respuesta unívoca sino que debe ser poliédrica. El punto de partida es entender que para que la Constitución vuelva a tener un alto grado de adhesión en cuanto a su fuerza normativa es imprescindible construir un derecho constitucional digital que llegue a las nuevas generaciones para desmantelar la idea que la extrema derecha 2.0 es transgresora, provocadora, cool, rebelde o antisistema cuando en realidad sustancialmente representa todo lo contrario. Nuevas construcciones de sentidos en el universo de la digitalidad y de las nuevas tecnologías permitirán recomponer el sistema democrático frente a una amenaza tan preocupante.
Cualquier respuesta constitucionalmente eficaz debe evitar un riesgo central: combatir la erosión constitucional reproduciendo sus métodos. La tentación de responder al autoritarismo con atajos normativos, interpretaciones forzadas o lógicas de amigo-enemigo solo acelera la degradación del orden constitucional. Defender la Constitución en tiempos de ruptura implica aceptar una tensión incómoda: resistir sin destruir aquello que se busca preservar.