El impulso que recibió Vaca Muerta cuando era imprescindible sustituir importaciones subsidiadas de gas fue positivo, pero el escenario cambió por completo cuando las reglas se hicieron más previsibles y desaparecieron los cepos: la inversión no se hizo esperar y hoy la Argentina aspira a convertirse en un jugador relevante del mercado exportador de gas y petróleo. Lo importante es que ese despegue generará un nuevo entramado productivo, con empresas proveedoras de equipos, servicios y logística, entre otros rubros, que serán la base para el desarrollo de provincias que no tenían al petróleo como su principal actividad, como Río Negro, Mendoza y Córdoba.
Hoy quien ofrece potenciar al interior argentino con la misma capacidad de crecimiento que aportaron el agro y la energía es la minería. Su apuesta es igual de poderosa, pero para no repetir errores del pasado, es necesario que su elección como vector productivo sea parte de un diseño virtuoso. No hay que pensar en los proyectos mineros como fuente de reservas o de regalías, sino como una puerta a nuevas oportunidades.
Hay requisitos para ello, claro: garantizar la continuidad de los estímulos tributarios y cambiarios contenidos en el RIGI (las inversiones se recuperan en 10 o 15 años); permitir que las provincias tengan un rol central en la toma de decisiones y despejar incertidumbres legales como la que contiene la Ley de Glaciares.