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Carminho: nuevas subversiones del fado
cultura

Carminho: nuevas subversiones del fado

Carminho (Lisboa, 1984) hizo su primera visita a la Argentina como miembro de un voluntariado humanitario, cuando todavía no se consideraba cantante de fados. Más tarde, en 2016 y 2018, volvió ya como una de las voces más representativas del género. En noviembre pasado, en el marco del Festival de Fado 2025, regresó como la inequívoca primera figura de la canción de Portugal. Tras el éxito de Portuguesa (2023), apareció en Poor Things (Yorgos Lanthimos, 2023) y se puso a trabajar en el flamante Eu Vou Morrer de Amor ou Resistir (2025), su extraordinario nuevo álbum.

El lanzamiento coincidió con la salida de Lux, el disco de Rosalía donde Carminho participa con una composición propia. Una forma más de llevar adelante su mirada sobre el fado y la tradición que lo sustenta. “Lo que nos dicen los grandes intérpretes del fado, como Amália Rodrigues, es que no te quedes con lo dado”, dice desde el camerino del Palacio Libertad, minutos antes de salir a escena. “Ve a buscar tu repertorio, tus poetas. Haz algo nuevo. Los fados que hoy se consideran clásicos fueron hechos en algún momento. Entonces hay que cantar los antiguos pero también hacer el propio camino. Por eso no me puedo quedar solo en un lugar de memoria, porque no estaría dignificando el trabajo que hicieron ellos”.

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–La globalización y la hiperconectividad han empequeñecido el mundo. ¿Qué rol creés que tienen las músicas de raíz como el fado en “volver a agrandarlo”?

–Lo veo como colores. Cuando la gente quiere hacer todo y juntar todos los colores en un dibujo, en el vaso, su pincel va a ser siempre castaño. Cuando se juntan todos los colores, el resultado siempre es el mismo. Si yo tengo el amarillo, puede que no siempre esté pintando. Pero cuando hay que pintar un sol, no hay nadie que lo pinte mejor que yo. Porque yo soy el amarillo. Las culturas tienen esta fuerza para ser. No tiene que ser la más fuerte, ni más popular ni llegar a todos. No lo veo así. No tengo que cambiar el fado, no tengo que modernizarlo. No me desespera. Mi logro es mi realización, los proyectos que tengo. Mi logro es el proceso, pensar el fado. A veces está de moda, otras veces no tanto. Pero yo mantengo mi interés.

–El fado tiene una lentitud específica, que es algo virtuoso en este tiempo tan acelerado.

–Y es un género de conocimiento. Es la poesía cantada y musicada, interpretada y tocada. Hay muchos detalles, y muchas características del lenguaje. Y cuanto más conocés, más lo amás. Un poeta decía: amar es conocer. Y es verdad.

–Seguís yendo a las casas de fado. ¿Qué vas a buscar de tus colegas?

–Voy a sentirlo, y a esperar que la noche traiga algo natural y auténtico. Genuino. Porque no siempre es así. A veces, las personas están mecanizadas. O están cantando para los extranjeros. Hay muchas caricaturas. Pero hay lugares donde cantamos unos para los otros, es la comunidad la que reina. Y ahí sí podés disfrutar. Y yo busco sentir esa autenticidad. Que la persona que se sube al escenario esté sintiendo de veras el canto y las palabras.

–¿Te costó mucho ese proceso de absorción?

–No, sentirlo no. Pero sí saber traducirlo en palabras en un fado. Cómo se recorta una melodía, por ejemplo. Porque la melodía puede ser bastante improvisada, y lo que conduce esa improvisación son las palabras, el texto. El fado tiene una característica muy buena, que para mí es la más importante, y es la posibilidad de cambiar las letras. Podés tener una melodía de 50 años, como por caso "María Rita", de Armando Machado, y podés escribir una nueva letra para ella. Es lo que yo hice: nuevas tresillas, una nueva tónica y una nueva rima dentro de esa melodía. La llamé "Memória", y se la di a Rosalía, que la incluyó en su nuevo disco, Lux. Es un fado tradicional con una letra contemporánea. Pero también hay otras formas, como cuando hay un texto de un poeta, reconocer la estructura y ver si cabe en un fado. Yo hago las dos cosas, y me encanta. Lo trabajo y lo practico: es una artesanía.

–Es una forma muy viva de relacionarte con la tradición.

–Es vivo porque sigue añadiendo discursos, tiempos, influencias, contaminaciones. Claro que es vital y determinante nutrirte de las antiguas historias de tu gente. Esa formación y ese conocimiento profundo del género te permite descubrir dónde vas a experimentar. Solo conociendo muy bien la lengua podés hablarla y tal vez traer, como los poetas, una palabra que todavía no existe.

Encuentro

–Rosalía decía que cuando le pasaste la canción ella se sorprendió de lo bien que encajaba en su nuevo disco, aunque vos no supieras de qué iba.

–¡No lo sabía! Ella también está sintonizando su tradición con la contemporaneidad, y con la vida que vive hoy. No es compararnos: se trata de géneros que necesitan ser vividos y no solamente recordados. Hoy es fácil hablar de los grandes cantantes, pero cuando estaban vivos no pasaba. ¿Necesitamos de la muerte para elevar a los artistas? Es necesario conocer los géneros que son retrato de un país. Por eso creo que los artistas abren puertas para crear mundos, para la empatía.

–¿Por qué pensás las colaboraciones como contaminaciones entre artistas?

–Me atrae el conocimiento. La contaminación artística y emocional. Como me sucedió con Caetano Veloso: con él me siento crecer y aprendo de sus historias, ejemplos y opiniones. Tengo el honor de poder compartir y recibir lo que me entrega. Es un privilegio. Como con Chico Buarque. O como con Pablo Alborán. Los artistas tienen su propio mundo. Y cuando se encuentran a veces se crea un tercer mundo. Ahora estoy fascinada con las encuadernadoras, por ejemplo. Con esas mujeres que hacían encuadernaciones por hobby, y la forma en que necesitaron desacoplarse del mundo. Deshacerse, desatarse. Y esas cosas muchas veces las aprendemos a través de los demás artistas. ¿Qué estás escuchando, leyendo? Ese intercambio a veces es más enriquecedor que la canción que podamos hacer juntos.

–¿Hay mucha diferencia entre el escenario y el estudio?

–Hoy, casi nada. A los discos los grabo en vivo. Por eso busco hacer toda la preproducción y establecer las reglas, directrices, para que cuando lleguemos al momento de tocar cada uno pueda estar libre para hacer lo que quiera. No son muy estrictas, simplemente son para delimitar la idea, el objeto. Es muy bueno tanto para mí como para los músicos, que sienten libertad pero no al punto de no saber adónde ir. Lo que más me gusta es que esas directrices sean fluidas para que cuando vayamos al estudio se sienta vivo. Y puedo hacerlo porque tengo músicos muy buenos, en los que confío. Y ellos confían en mí. Lo que hace posible que yo sea feliz en la música, en mi rol. Es algo no tan fácil que una mujer pueda hacer este trabajo con esta libertad y paz de espíritu, en un estudio lleno de hombres que estudiaron en el conservatorio. La necesidad de conducir, son cosas que me pasaron a mí y que por suerte puedo hacer.

–Me remite a Laurie Anderson, que también tuvo que enfrentarse a eso, y que participa en tu disco. O Patti Smith en el de Rosalía. Mujeres de mucho coraje.

–Es curioso que no sabíamos del disco de cada una. Cuando hice el mío no tenía ni idea de en qué trabajaba ella, e incluso habiendo escuchado la versión final de "Memória", no había escuchado nada del resto del disco. Sucede que los artistas también tienen antenas. Hay una sincronía, yo creo en eso. Y estamos abiertos o no, pero las tenemos. Por eso es que tantas veces en la historia del arte las cosas pasan en simultáneo en lugares opuestos. Es muy extraño, y fascinante. Pero lo importante es la inocencia, y la verdad de lo que hacemos. Y lo que lo prueba es la consistencia. A mí me da confianza la consistencia, que no significa hacer siempre el mismo sonido; es el pensamiento.

–En ambos discos aparece muy fuerte el vínculo entre la música y la espiritualidad, lo elevado. ¿Cómo es tu lazo con eso?

–Yo soy católica practicante, desde niña. Y esta fe que tengo es transversal a todo lo que hago, a las cosas de la vida. Y obviamente de la música. Es como soy. No sé qué parte de mí hace la música, pero no estoy haciendo música para mi fe. En Rosalía también veo una fe y una práctica. Y con eso me refiero a la atención con un mundo que no se puede ver. Eso es parte de alguien que tiene una vida espiritual practicada. Es como le digo a mi hijo: no hay nada que no puedas hacer, pero sí hay diez mil horas que practicar antes. Cuando practicás, descubrís. Y cuando lo hacés con lo espiritual, muchas cosas vienen. Mucha revelación, concentración, meditación, paz, perdón, empatía. La práctica de la vida espiritual sincera te da muchas herramientas. Y pensar en lo que no ves. Es fundamental para comprender las cosas cuando ocurren, o cuando no salen como las esperabas.

–¿Cómo interviene esta práctica en tu nuevo disco?

–Mi nuevo disco sigue siendo sobre el fado, pero tiene otros instrumentos, muchas mujeres que me permiten estar aquí. Como Dona Ivone Lara, que escribió sambas en nombre de su primo porque a ella no se lo permitían. O Wendy Carlos, que se transformó ella y a la música electrónica con los sintetizadores. O Laurie Anderson y su voz. Todas ellas influenciaron este disco, que es una formalización de ideas filosóficas mías sobre el fado, sobre cómo puedo subvertirlo, cómo sus temáticas pueden ser otras. Por eso el título: porque siempre se muere de amor en el fado, pero también quise introducir la idea de que se puede resistir. Hay posibilidad de no morir de amor, y eso es bueno poder cantarlo. Me gusta cantar el otro lado de las cosas. O la idea de que al destino lo escribo yo. Antes los hombres escribían los fados para las mujeres, pero hoy yo puedo escribir los míos.

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