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Marta Traba, la primera gran agitadora
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Marta Traba, la primera gran agitadora

Antes de que Federico Klemm presentara a una audiencia televisiva la historia y el panorama artístico local e internacional en su programa El banquete telemático, a muchos kilómetros de distancia una historiadora, crítica, docente, escritora y gestora argentina ya lo había hecho. Su nombre era Marta Traba y fue una de las primeras personas en detectar que Colombia –el país que adoptó como hogar después de casarse con Alberto Zalamea, ya que no tenía ningún interés de vivir en su tierra– necesitaba una escena de arte contemporáneo de forma urgente. Por eso, desde su llegada en el año 1954 hasta su temprana muerte en 1983, se dedicó a crear espacios de difusión con una influencia tan arrolladora que muchos sostienen que antes de Marta, el ejercicio de la crítica era inexistente.

Traba había estudiado Letras en la Universidad de Buenos Aires y en los años 40 se enamoró de las galerías como Van Riel, que se desplegaban por la calle Florida. Empezó a escribir sobre arte sin tonos suaves, combatiendo a figuras como Jorge Romero Brest, a quien consideraba un absoluto irresponsable. En Bogotá, mientras encontraba sus espacios en los medios gráficos locales, incursionó en la docencia universitaria, dando clases con temarios extensos y generosos, primero a alumnos de Medicina y luego de Arquitectura y Artes visuales.

Creó ambientes de gran relevancia, en especial para las jóvenes que comenzaban a ganar terreno en un mundo académico dominado por hombres y que la adoptaron como su gran referente (se dice que hasta le copiaban el corte de pelo). Marta sorprendía por su habilidad para estar siempre actualizada en un mundo analógico donde la información no llegaba en cuestión de segundos. “Sabía ver y eso es algo difícil de encontrar en Colombia porque este es un país literario y la gente solo sabe oír”, argumentaba el artista Bernardo Salcedo.

Con un acento que conjugaba un lejano tono porteño, mezclado con el canto y léxico colombiano, Traba comunicaba sus visiones potentes con un respaldo teórico envidiable. Encontró en la radio y luego en la televisión canales alternativos donde podía dar su opinión incluso cuando incomodaba. Es decir, hacía crítica en el mejor sentido de la palabra, ampliando los horizontes mucho más allá del papel. En su programa Historia del arte contada desde Bogotá, transmitido por Colcultura a principios de los años 80, habló sobre movimientos, eventos y artistas que consideraba fundamentales, desde el postimpresionismo y las primeras vanguardias europeas hasta la prometedora nueva generación de artistas colombianos como Fernando Botero, Beatriz González –recientemente fallecida, quien había sido su alumna– y el propio Salcedo, pionero del arte conceptual.

Vestida con trajes, polleras amplias y accesorios sobrios, miraba fijo a la cámara para decir cosas como “En 1914, Wassily Kandinsky acabó con la tiranía del motivo”. Eran ponencias magistrales, donde la teoría se escapaba de las aulas para acercarse a un público mucho más amplio y heterogéneo.

Consciente de lo importante que eran las políticas culturales, fue responsable de importantes proyectos, como la creación del Museo de Arte Moderno, donde asumió la dirección en 1962 y planteó la necesidad de crear instituciones que difundieran el arte contemporáneo con planes a largo plazo. Su visión fue mucho más allá de la teoría, algo que Juan Gabriel Vásquez comparte en Los nombres de Feliza, la biografía de la artista Feliza Bursztyn, una de sus grandes amigas, que desde el comienzo estuvo influenciada por Marta, quien trató de brindarle oportunidades cuando casi nadie comprendía lo que hacía.

Cuando de manera inesperada falleció en un accidente de avión de regreso a Bogotá junto a su pareja, el crítico y escritor uruguayo Ángel Rama, todavía tenía un largo camino por recorrer. Quizá por eso nadie pudo entender que la madre de la crítica colombiana había desaparecido, un pensamiento compartido entre sus amigos en un programa que emitieron a modo de homenaje, donde intentaban explicar la responsabilidad que Marta había asumido con el arte local hasta lograr su internacionalización, incluso cuando en 1964 el gobierno la acusó de alentar la subversión y exigió que fuera expulsada, algo que no sucedió porque sus colegas salieron a respaldarla frente al temor de ser parte de una escena cultural que no la incluyera.

Dado que resulta imposible resumir una carrera tan expansiva (para eso es importante leer la biografía Marta Traba. Una terquedad furibunda, escrita por Victoria Verlichak), podría decirse que por sobre todo fue una de las grandes agitadoras del arte latinoamericano del siglo XX. No quedan dudas de que los proyectos que se desplegaban en su horizonte eran prósperos, algo que afirma la grabación de esos amigos que la despidieron en la televisión en 1983, testigos de que Marta pasaba por una etapa de satisfacción y reconocimiento después de haber superado cuestiones personales lejos de su hogar, pero reconectada con su faceta de escritora e historiadora, protegida por el poder de las ideas.