La pregunta sobre por qué olvidamos los recuerdos de la primera infancia ha intrigado a la comunidad científica durante generaciones. Aunque bebés y niños pequeños muestran consciencia del entorno y parecen almacenar información, la mayoría de las personas no conserva memorias anteriores a los tres años.
El olvido de estos primeros años no es exclusivo de los seres humanos. Investigaciones en ratones han encontrado patrones similares: aprenden a escapar de un laberinto o asocian un lugar con una experiencia negativa, pero pierden esa memoria al alcanzar la adultez. Este comportamiento sugiere que la amnesia infantil podría ser un rasgo común y adaptativo entre mamíferos.
El laboratorio de Paul Frankland, del Hospital para Niños Enfermos de Toronto, ha demostrado que los recuerdos de la infancia en ratones no se eliminan, sino que permanecen almacenados aunque inaccesibles.
Varios equipos estudian las causas de la amnesia infantil desde perspectivas biológicas distintas. Tomás Ryan, neurocientíficodel Trinity College de Dublín, ha observado que la respuesta inmune durante el embarazo influye en la memoria infantil: en ratones, los machos cuyas madres tuvieron el sistema inmune activado durante la gestación muestran menor tendencia a olvidar que sus hermanas y que otros animales usados como control.
Ryan y su equipo también han analizado el papel de la microglía, células inmunitarias del cerebro. Al reducir de forma temporal su actividad en una etapa clave del desarrollo, los ratones conservaron recuerdos que normalmente olvidarían.
Las investigaciones sugieren que la amnesia infantil podría estar vinculada tanto a la generación de nuevas neuronas, que modifica la estructura cerebral, como a la acción de la microglía y el sistema inmune.
Además, estos factores pueden variar entre especies y sexos, lo que genera diferencias en la tendencia a olvidar recuerdos tempranos.
Investigar la memoria en bebés humanos implica retos técnicos, pero los avances persisten. Nick Turk-Browne, neurocientífico de la Universidad de Yale, ha logrado escanear el cerebro de varios niños pequeños.
Sus estudios señalan que, incluso antes del primer año, los menores generan recuerdos episódicos, lo que indica una capacidad de crear memorias, aunque después desaparezcan de la conciencia.
Turk-Browne explicó a TIME: “Puedes hablar mucho con el niño o mostrarle imágenes, pero la memoria genuina de una experiencia que ya no se recuerda, esa desaparecerá pronto”.
Para profundizar en ello, el equipo de Turk-Browne graba eventos desde la perspectiva de los niños y luego muestra esas grabaciones durante distintas etapas de desarrollo, analizando las reacciones cerebrales a lo largo de dos años.
Por otra parte, Sarah Power, del Instituto Max Planck para el Desarrollo Humano, creó un laboratorio donde 400 niños entre 18 y 24 meses experimentan situaciones completamente nuevas, exclusivas del espacio de investigación.
“Nos hemos sorprendido mucho por la capacidad de los pequeños para codificar y retener este tipo de recuerdos episódicos”, destaca Power, cuyo objetivo es seguir la evolución de estas memorias en el tiempo.
El motivo por el cual olvidamos la primera infancia sigue generando debate entre los científicos. Algunos, como Ryan, se preguntan si es resultado de un mecanismo biológico deliberado o simplemente de la intensa actividad de aprendizaje en los primeros años de vida.
La duda permanece: ¿el cerebro cierra a propósito el acceso a estos recuerdos o la vorágine de aprendizaje los desplaza?
TIME señala que olvidar la memoria temprana podría tener ventajas evolutivas. En vez de retener detalles específicos, la verdadera utilidad podría residir en la capacidad de los niños para construir un marco de referencia interno. Este bagaje, aunque invisible en la conciencia, guía la toma de decisiones y la adaptación a nuevas situaciones durante la vida.