Muchos analistas dan por hecho que el presidente tiene asegurada la elección de 2027. La solidez de su núcleo duro, sus avances parlamentarios, la fragmentación opositora y su centralidad mediática alimentan la idea de un escenario definido. Sin embargo, los datos recientes de opinión pública muestran un panorama más complejo.
La comparación con el ciclo 2017-2018 es inevitable. Tras las legislativas de 2017 también se creía que el entonces presidente tenía la reelección garantizada. La oposición estaba desordenada, el oficialismo había ganado con claridad y la narrativa dominante era que “no había alternativa”. Pero esa percepción se evaporó apenas comenzó 2018, no por el surgimiento de una oposición poderosa, sino por los problemas económicos del propio gobierno, que erosionaron la idea de estabilidad. La sensación de recuperación duró menos que la expectativa de continuidad.
El Gobierno llega más fuerte que el de 2018, mientras la oposición enfrenta un problema adicional: hoy no existe un “antes vivía mejor” que funcione como refugio emocional para quienes rechazan al presidente.
La oposición necesita construir una propuesta de futuro que ordene expectativas y ofrezca previsibilidad, estabilidad y trabajo digno. Está lejos aún de poder hacerlo, pero algo comienza a moverse dentro de sectores del peronismo: el reconocimiento de la necesidad de amplitud para recomponer el fraccionamiento interno y la admisión de que la conducción política actual no contiene al conjunto. Esta semana esa situación se explicitó tanto en sectores del kicillofismo como en dirigentes del interior. Incluso aquellos gobernadores de origen peronista que parecen proclives al oficialismo están esperando la emergencia de un liderazgo alternativo. También hay sectores opositores que piensan en estructurar un frente capaz de representar a la mayoría de quienes no adhieren al actual gobierno. No parece una tarea fácil, excepto que todos entiendan que solos no pueden ser alternativa.
El 2027 está lejos de estar escrito. La política argentina suele confundir intensidad con mayoría, volumen con profundidad, ruido con consenso. Mientras el oficialismo no transforme apoyo emocional en resultados tangibles, la idea de una reelección inevitable será menos una certeza que una ilusión. En Argentina, nada está ganado hasta el último día.
*Consultor y analista político.