Desde Norman Mailer en la década del 50 que la presencia de un autor es determinante para la difusión y la popularidad de su obra. Hayan sido o no “intelectuales públicos“, con no pocos ha sucedido que, al retirarse de escena, tras un primer momento de homenajes sobreviene una progresiva caída de lectores. La conclusión es evidente: en esa clase de ecuación, la incidencia de la persona presente fue mayor a la conveniente para la eventual supervivencia de sus libros.
Thomas Pynchon tomó la precaución de no mostrarse nunca. Su modo de hacerse el muerto -que lleva casi 90 años de ejercicio- fue una forma artera de ir calculando o evaluando cómo -y por cuántos- sería leído tras su retiro definitivo. Cuando por última vez apague la luz de su escritorio, el autor de El arco iris de la gravedad no dejará de dar entrevistas ni de hacer presentaciones o giras porque jamás lo hizo, por lo que los fieles que se ganó, en teoría, a futuro conservarán su número. A lo mejor fue la confianza que le generó ese interés, bastante amplio y universal para lo poco convencionales que fueron sus novelas, o las simplificaciones que trae la edad; como sea, en sus últimas tres obras -de 2009, 2013 y 2025- Pynchon, que este mayo cumplirá 89 años, se conformó con entretenerse y confiar en entretener, no sin las debidas piruetas y despistes de un guión saltarín, desde luego. (Shadow Ticket abre con un epígrafe de Bela Lugosi).
No es que Pynchon se haya cansado de narrar, pero lo viene haciendo cada vez más a través del diálogo, que pasó a ocupar la mayoría del territorio impreso. Estamos hablando de un dialoguista genial, que no desconoce que un libro basado casi enteramente en réplicas puede dejar la impresión de una ficción invertebrada. Esta novela que publicó hace unos pocos meses, Shadow Ticket -en este caso, algo así como Pasaje falseado o Misión en las sombras-, es una ficción para oídos: conversaciones, canciones intercaladas (como en novelas previas de Pynchon, como en Cervantes), tarareos, ruidos, sonido ambiente, silbidos por lo bajo.
Todo flota, como en una charla ociosa, condenada a perpetuidad. Un acelerado flipper alucinado, de vaivenes orales y geográficos, una novela rápida, cebada, en la que la historia en sí avanza lentísimamente, a golpes de ping-pong de ocurrencias y cargadas. Shadow Ticket está muy lejos de parecer la novela de un octogenario. (Por cierto, el tono -es decir la edad- es inamovible en todos sus libros, de 1963 a la fecha). No hay un solo párrafo tedioso. Las páginas vibran de nombres ridículos -la tradición se remonta a Twain y Faulkner- y acontecimientos abstrusos, pero en verdad el espectáculo acontece en la escritura.
Delante de un decorado de época -Estados Unidos y Hungría y aledaños un siglo atrás-, como de cine viejo proyectado en una lona al viento, desfilan episodios de anti-semitismo en Europa y el auge del espionaje, el fascismo y el espiritismo, discusiones inocuas sobre pormenores del trabajo y el vestuario de agentes secretos o dobles y, sobre todo, el paradero de estos simulacros de personajes. El pasado lo alienta a Pynchon a desplegar su desparpajo político y religioso, a hacer guiños y arrojar tiros por elevación al presente.
Casi cada capítulo es una breve escena, donde predomina la riqueza y la vivacidad del léxico, salpicadas de jerga y de expresiones en otros idiomas, incluido el húngaro. La segunda mitad transcurre en Budapest y no es improbable que lo haya ayudado el último Nobel, László Krasznahorkai, que se declaró amigo de Pynchon en varias ocasiones. (A propósito de lenguas, ante una textura acústica pirotécnica intrasladable, por momentos es inevitable preguntarse cuánto sentido tendrá leer en traducción esta cabalgata sobre una interminable capa de hielo).
El hilo conductor –la trama alegremente inconducente- es el encargo de un trabajo a Hicks, ex figura turbia, actual investigador privado, para rastrear en un punto de Europa del Este a la hija fugitiva del Al Capone de la industria quesera: "Los detectives de los años 30 están saliendo de una época de rebeldía laboral y están entrando en otra de infidelidad conyugal". Más allá del risible bautismo que reciben siempre los personajes de Pynchon, el toque cómico frecuente es un tanto escolar, tiernamente candoroso: "¿Cómo andás de la amnesia? ¿Te olvidaste algo interesante últimamente?". Pynchon juega a hacerse el listo en una novela que está de vuelta. (Sus fanáticos más fundamentalistas -los que lograron atravesar la barrera del sonido de la sobreinterpretación- siguen ubicándose en un lugar en el que, si él alguna vez estuvo allí de paso, ya lo abandonó hace rato). Los chistes y las alusiones de Pynchon no dañan: si un personaje tiene un profesor de ajedrez, menciona al húngaro (Arpad Elo) que creó el sistema de puntaje; si llega un telegrama de Londres, usa un giro típicamente británico. Como en El arco iris de la gravedad, asoman guiños argentinos que ratifican otra bienvenida debilidad; esta vez, Gardel y Le Pera, y una función de Tosca en el Teatro Colón.
Shadow Ticket es, entonces, pura extravagancia gastronómica, musical, verbal. La arbitrariedad -como en César Aira- es total; lo que los descalifica para el solemne y temático Nobel. En Shadow Ticket se lo ve a Pynchon otra vez tentado de navegar entre géneros, mientras el lector es testigo de contrabandos, confabulaciones, prohibiciones, persecuciones. Asuntos de dinero, empresas en su tercera reencarnación, cuestiones de frontera. Mudanzas, traslados de trabajo, despidos. (De nuevo, Pynchon retorna a los oficios y a las jerarquías laborales, al instrumental y a los conocimientos antiguos, inaugurales).
Como en El arco iris, A contraluz y Mason & Dixon, abunda el viaje y litigios más o menos abiertos y explicitados o velados y subrepticios. Mucha máquina, mucha nave, mucha arma y poco tiro. Las voleas son retóricas. A Pynchon lo fascina la dialéctica y sus volutas de humo y el funcionamiento de las cosas. En paralelo, Shadow Ticket vale como curso para revertir el déficit de atención y como novela ideal para sonámbulos, aunque no suceda igual que en sus obras más extensas, donde por momentos es como si la novela se ausentara de sí misma. (Es la impresión de un lector al que no le alcanza con una atención absoluta).
Aquí también, como en los mejores pasajes de todas sus ficciones, se puede apreciar su maestría para el primerísimo primer plano y la originalidad de observaciones mínimas, en ocasiones asombrosamente poéticas, la variedad constante de modos de oración (forma y ritmo), y la musicalidad de su fraseo dentro de una hipnótica incontinencia general. Prima algo suelto, sugerido, no cerrado en sus oraciones, y una condensación de fuerzas. Esa inercia dichosa de los párrafos que hasta puede distinguirse en Vineland. La voz irónica, insistente, sigue desinflando la altanería sofisticada de las referencias y de los hallazgos lingüísticos. (La milagrosa precocidad de Pynchon ya se notaba en V., editada en 1963, libro que no ha envejecido un día, como si uno pudiera decir: Cuando nació, la escritura ya estaba allí).
Si siempre estuvo claro que Pynchon escribía para sí mismo, en las últimas novelas se nota un ojo más desviado hacia los demás. Si en sus grandes obras -ejemplos supremos de la gratuidad direccional de la literatura- intrigaba sobremanera su método de composición, en sus últimos tres libros la fluidez neutraliza esa curiosidad acaso distractiva. (Muchos de sus contemporáneos -en la era de gloria del New Yorker, digamos- eran muy conscientes de la edición de un texto, pero como Gaddis y Mailer, Pynchon fue en contra de ese pudor, hacia la diseminación).
Autor con una de las trayectorias más delirantes e inapresables de los últimos cien años, ideal para un lector de pocos libros, incondicionalmente concentrado en uno o dos autores, en un rincón de Shadow Ticket Pynchon repite aquello de que si uno entra antes que un húngaro a una puerta giratoria, es este último el que sale antes. Es obvio que Thomas Pynchon -experto en la generación de múltiples clases de desconcierto- siempre llega de antemano a sus novelas, y es el que consigue escapar antes que el lector, para evitar preguntas a la salida.