“¡No puedo sentarme con este vestido!”, dictaba Karolína Kurková en su cuenta de Instagram mientras una furgoneta la trasladaba por la Quinta Avenida hacia la gala del Metropolitan Museum de Nueva York, en 2016. La exhibición que se inauguraba era Manus x Machina: La moda en la era de la tecnología, cuya tesis demostraba que las innovaciones tecnológicas siempre estuvieron presentes en el quehacer textil.
El trabajo de Georgina Chapman y Keren Craig, diseñadoras de Marchesa, buscaba reflejar la unión entre moda y tecnología, pero terminó por convertirse en el primer manifiesto del arte de la IA aplicado al cuerpo. Es el primer caso de empatía artificial. El sistema de IBM consistía en predecir necesidades y motivaciones de potenciales clientes, además de facilitar la elección de colores y telas. En aquel entonces, el principal atractivo era acortar los tiempos del calendario de la moda y los seis meses habituales de trabajo creativo se redujeron a solo cinco semanas.
Se lo conoció como el “vestido de Cenicienta”. Estos antecedentes sirvieron para conectar a la moda con su entorno. Por un lado, procesando información y, por otro, ejemplificando cómo la tecnología permite que la ropa logre lo que la tela, por sí sola, no podría. La Gala del MET de 2016 ofreció el mapa de lo que se está procesando hoy. Mientras el vestido de IBM Watson mostraba una “armadura social” que latía al ritmo de los medios sociales, el diseño de Zac Posen recordaba la esencia del traje como espectáculo. Si uno era el cerebro de la tecnología, el otro era su espíritu.
Si hace semanas la tendencia “2026 es el nuevo 2016” se volvió viral como un fenómeno de nostalgia colectiva, una exhibición de moda de hace una década viene a confirmar que el futuro siempre estuvo allí. El tiempo revela que, en el tránsito del corsé del siglo XVIII a la tecnología usable, es posible interpretar cómo la tecnología textil moldeó históricamente el cuerpo femenino. El corsé representa el pasado analógico, en tanto los sensores biométricos representan el presente funcional. Mientras el primero funcionó como una “armadura social” para estructurar el cuerpo, la transformación hacia las prendas inteligentes propone hoy una “armadura interna” vinculada a lo emocional.
La lucha por el control de la anatomía
Es necesario abandonar la idea de la moda como un flujo poético y natural. La historia de lo que vestimos es una lucha por el control del cuerpo. Durante siglos, la silueta occidental evolucionó con lentitud por inercia cultural, pero a mediados del siglo XIX el sistema se profesionalizó y el ritmo se fue volviendo frenético. Los diseñadores, los nuevos directores ejecutivos del cuerpo femenino, establecieron un menú de tres estrategias de poder: la compresión radical (el corsé), la expansión arquitectónica (crinolinas y polisones) y la opción más disruptiva: la aceptación de la realidad, dejando que la anatomía hablara por sí misma.
No se trataba de belleza, sino de decidir quién tenía el derecho de esculpir la identidad de una mujer. Históricamente, la moda operó bajo una lógica de combate, usando a la ropa como protección. En el siglo XVIII, el corsé era una herramienta de ingeniería social y una estructura rígida diseñada para disciplinar la anatomía y blindar el estatus moral. Era una armadura de control externo. En la actualidad, la propuesta disruptiva que atraviesa moda y tecnología permite que el armazón se construya de adentro hacia afuera. Al integrar sensores que monitorean las emociones, la prenda deja de ser un uniforme de contención para convertirse en una interfaz biométrica. Pasamos de la opacidad del corsé, que funcionaba como un muro contra el juicio ajeno, a la transparencia de la ropa inteligente que delata (o nos rescata) el estrés o la alegría. Es un cambio de paradigma.
Si la moda antes buscaba la validación externa, hoy la tecnología ya no nos protege del mundo, sino que nos expone a él, transformando nuestra complejidad emocional en un dato público. Entre la “tecnología de espectáculo” y la “tecnología de bienestar”, pasamos de necesitar que el vestido “brille” a querer que el vestido nos “entienda”.
La vanguardia del diseño emocional
Por su parte, la firma canadiense Hexoskin presenta la prenda como terapeuta con sus “Smart Shirts”. Estas camisetas miden en tiempo real la variabilidad de la frecuencia cardíaca, el indicador científico más preciso del estrés, y envían los datos a una aplicación que alerta al usuario sobre estados de ansiedad o agotamiento. Su aspecto es el de una musculosa deportiva y están disponibles online por un valor promedio de doscientos dólares.
Otras innovaciones incluyen la Sound Shirt de CuteCircuit, que fueron aplicadas en museos y en la ópera, que permite a las personas sordas percibir la música a través de impulsos hápticos, traduciendo la emoción musical en sensaciones físicas. Finalmente, la colaboración entre Google + Levi’s a través del Proyecto Jacquard redefine la funcionalidad al transformar una campera de denim en una superficie sensible al tacto. Aquí, la función es doble: la prenda conserva su propósito original de abrigo y estilo mientras actúa como una interfaz intuitiva integrada en el gesto cotidiano. La tecnología Jacquard elimina la fricción entre la vida física y la digital, funcionando como un control remoto del teléfono que evita la necesidad de mirar una pantalla, convirtiendo el acto de tocarse la manga en una forma orgánica de conectividad.
El dilema de los talles: el vínculo roto entre el cuerpo y la prenda
El caos de la industria de la moda contemporánea se sintetiza en el concepto de vanity sizing. Esta deriva tiene su raíz en el pecado original de 1939, un estudio antropométrico fallido en EE.UU. que intentó estandarizar el cuerpo femenino basándose en una muestra sesgada y no representativa. Lo que comenzó como un error estadístico mutó en una estrategia de marketing deliberada, que consistía en alterar las etiquetas para halagar el ego del consumidor. Así, lo que en los años 60 era un talle 12, hoy puede ser un 6 o un 4. El resultado es un laberinto de inconsistencias que no solo genera frustración psicológica, sino que se traduce en una crisis logística de devoluciones masivas.
En definitiva, estamos abandonando la era donde el cuerpo debía encajar en el molde de hierro del siglo XX para entrar en la era de la geometría emocional. ¿Será que los algoritmos intentan devolver la certeza que Paul Poiret quitó cuando decidió que la moda era, ante todo, una cuestión de voluntad del diseñador?