Mentiras, insultos y show: la política de hoy
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Mentiras, insultos y show: la política de hoy

Los tiempos que corren asumen una peculiar teatralización de la política. Si el ejercicio del poder siempre tuvo una fuerte dosis de escenificación del conflicto a través de diferentes mecanismos, hoy esto no puede ser diferente aunque las cosas se vean distintas.

La mentira, el insulto, la deslealtad institucional, la ausencia de límites, el juego grotesco, el delirio, han conjugado habitualmente el panorama aunque no dejaran de estar también presentes las actitudes positivas que suponen sus facetas opuestas. Un contrapunto a menudo vigente. No obstante, es bien sabido que la visión negativa parece terminar siendo la predominante.

Los últimos tiempos han definido un marco de situaciones enfrentadas cuyo carácter ejemplarizante, cuando se correlacionaban con la actitud del público, ha sido evidente. Predicar con el ejemplo ha constituido un mantra muchas veces reivindicado y en pocas ocasiones seguido.

En la medida en que las formas de comunicación en tiempos de la gran revolución digital se trastocaron, la relación establecida por Niklas Luhmann entre continente y contenido se vio, asimismo, afectada. Los actores tienen hoy mecanismos de aproximación a las masas que son autónomos, inmediatos, directos y de alcance universal. Por su parte, como nunca, la gente consume vorazmente noticias segmentadas de duración mínima sin validar su origen ni contrastar el relato. El efecto es perverso y deforma cualquier tipo de orden político establecido. La superposición de todo ello establece un marco referencial donde lo exhibido cimenta gran parte de las pautas por las que camina la política. Los ejemplos se acumulan y su digestión es ardua.

Jerome Powell, portador de la visión weberiana y presidente de la Reserva Federal, sufre en persona el acoso presidencial gratuito por supuestos sobrecostes de la reforma de la sede de la institución. Powell ha esgrimido de forma rotunda que “lo público debe prevalecer sobre la arbitrariedad del presidente”. Un sólido argumento hoy vituperado.

Una encuesta publicada por The Economist el 13 de enero señalaba que los venezolanos también están descontentos con la asunción como presidenta encargada de Delcy Rodríguez. Mientras que el 13% tiene una opinión favorable de Rodríguez, solo un 10% está de acuerdo, incluso parcialmente, con que debería completar el mandato de Maduro hasta 2031. Treinta puntos porcentuales por detrás de María Corina Machado, a quien Trump niega su apoyo en el futuro político venezolano y que, a pesar de ello, Machado no se arrienda y protagoniza una actuación vergonzante al regalarle su galardón en una ceremonia esperpéntica que debe caer en el olvido cuanto antes.

Poco después, el primer ministro noruego Jonas Gahr Støre confirmó que el 18 de enero recibió un mensaje de Donald Trump en el que le reclamaba “el control total y absoluto de Groenlandia” porque “Noruega ha decidido no concederme el Premio Nobel de la Paz por haber puesto fin a ocho guerras”.

Que Machado, ninguneada poco antes por el propio Trump, se sumara al sainete constituye otro jalón en la secuela de gestos, actitudes, palabras y actos cuyo carácter ejemplarizante resulta nefasto. Este serial engrosa la lista de factores que gestan la desconfianza rampante por doquier que pavimenta el nuevo orden de vasallaje que se quiere establecer. Sin embargo, las palabras de Mark Carney, primer ministro canadiense, en Davos el 20 de enero, contrarrestan el desaliento al encabezar la oposición moral y política al trumpismo.

*Director del Centro Internacional de Estudios Políticos y Sociales, AIP-Panamá.

Profesor emérito honorífico en la Universidad de Salamanca y UPB (Medellín).

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