En un país que venía a los tumbos, alternando violencia, golpes militares e inflación crónica, Raúl Alfonsín, el primer presidente de la democracia recuperada, eligió como uno de sus emblemas una frase recordada más por errónea que por lúcida: “Con la democracia se come, se educa y se cura”. No sabemos con precisión por qué decidió emplearla, aunque se pueden hacer un par de conjeturas. La primera es la necesidad de sacarle votos al peronismo, disputándoselos en el plano material, donde este se había desempeñado mejor. La segunda es que Alfonsín, aun teniendo diferencias políticas y estilísticas con el peronismo, compartía con él una premisa: los gobiernos deben redistribuir la riqueza, utilizando como herramienta principal el Estado. Perteneciendo al partido definido por la defensa de los derechos cívicos, no proclamó sin embargo “con la democracia se es libre”, que era un programa al alcance de su mano. Decidió meterse en aprietos: vinculó la democracia con la demanda económica, una pareja que mantendría un matrimonio desavenido en los siguientes cuarenta años.
El capítulo siguiente de esta historia es que los planes de estabilización tuvieron rendimientos decrecientes. El Austral duró lo que un lirio y terminó en un desastre, sellando la suerte de Alfonsín, mientras la Convertibilidad extendió su racha hasta la reelección del presidente para empezar a caer a partir de allí, víctima de la recesión, la laxitud en el control del gasto y las crisis internacionales. La desavenencia de política y economía llevo a la disidencia entre los ministros de Economía y los presidentes, que solo Alfonsín y Sourrouille saldaron en forma amistosa ante la adversidad. Los economistas instaban a los presidentes a mantener el rigor, estos se resistían seducidos por el éxito electoral, que creían que los conduciría a la hegemonía política, el sueño de los líderes. Por eso Menem despidió a Cavallo y Kirchner a Lavagna. La experiencia kirchnerista tiene parecidos y diferencias con lo anterior. El programa de estabilización lo hizo Remes Lenicov, ministro de Economía del breve gobierno de Duhalde, despejándole el camino a Kirchner, que empezó con rigor macroeconómico en una economía que había tocado fondo y no tenía otra opción que crecer. Los dólares de la soja hicieron el resto.
Los economistas y los politólogos se devanaron los sesos para explicar esta historia. Se habló de “empate hegemónico”, se discutió si las razones de la inflación son estructurales o monetarias. Se postuló que había un valor del tipo de cambió de equilibrio social y otro de equilibrio macroeconómico. El fondo de esta polémica lo había planteado Max Weber a principios del siglo pasado, cuando escribió acerca de la imposibilidad de conciliar el cálculo formal del capitalismo con las demandas sociales. Su respuesta fue que podían aproximarse mediante una política de ingresos. Si eso es cierto, la democracia argentina no quiso, no supo o no pudo implementarla. Tal vez la falta de consenso político fue una de las razones.