“Es un momento histórico para el Angus argentino. No solamente se cruzó una barrera importante como lograr enviar ejemplares, sino que ahora los referentes de Estados Unidos están comprándolo y diciendo: ‘Che, va por acá y me gusta’”, sintetizó Santiago Debernardi, asesor ganadero, experto en genética y testigo directo de la subasta, en conversación con LA NACION.
La matriz de este hecho internacional nació en la cabaña La Rubeta, cuya sangre integra parte de estos exitosos animales en el país norteamericano. “Vendimos embriones a un criador americano llamado Dale Hummel. Él llevó los embriones a Canadá [la Argentina todavía no puede ingresar de manera directa a Estados Unidos], se transfirieron a vacas receptoras allí, y de Canadá cruzaron a Estados Unidos. De esos embriones nacieron animales, entre ellos, cuatro toros, que empezaron a producir. Lo que vimos en los remates de estas cabañas de punta es la venta de genética hija de esos toros argentinos”, detalló Carlos Fernández, director de la Asociación Argentina de Angus y propietario de la cabaña La Rubeta.
Debernardi resaltó que Estados Unidos es el líder indiscutido en producción de carne de alta calidad. Sus sistemas están diseñados para producir novillos ultrapesados (de hasta 750 kg a los 15 meses) con carcasas de excelente marmoleo (grasa intramuscular). Sin embargo, esa búsqueda extrema de performance trajo aparejado un problema: vacas demasiado grandes (con promedios de 650 kg) que consumen mucho forraje y pierden eficiencia en campos duros.
Para ambos expertos, ahí es donde entra a jugar la genética nacional. El asesor recordó que la Argentina, históricamente, tuvo que adaptar su ganadería a las zonas marginales, dejando los mejores campos para la agricultura. Esto forjó un animal distinto. “El toro que compró Kelly Schaff es el individuo que, cuando tiene que ponerse la ‘4x4’ y entrar al camino de tierra para sobrevivir en campos duros, lo hace. Y cuando le toca ir al feedlot a engordar como si fuese un Fórmula 1 de pista, también lo hace muy bien", comparó.
Lo que deslumbró a los norteamericanos fue encontrar toros que mantienen el alto potencial de crecimiento que ellos exigen, pero que aportan el tamaño moderado, la adaptabilidad y la “belleza racial” (fenotipo) que caracteriza al biotipo argentino. “En Estados Unidos no son románticos a la hora de comprar, son más de los números. Si un animal tiene buenos índices genéticos se vende bien, si no, no. Estos animales de la Argentina pudieron ser muy competitivos en un mundo liderado por los datos duros, demostrando que siguen teniendo el físico y la belleza racial. Esa conjunción fue la que hizo la diferencia”, detalló Debernardi.
Describió que el animal adquirido por Schaff combinaba alto potencial de crecimiento, una característica central en el sistema productivo estadounidense, con un tamaño moderado y adaptabilidad, rasgos asociados históricamente al Angus argentino. Además, Estados Unidos orientó su selección genética hacia mayor crecimiento, eficiencia y calidad de vida. En cambio, la Argentina trabajó durante décadas sobre animales más adaptados a ambientes exigentes.
Para Fernández, sin embargo, hoy ambos países trabajan fuertemente con información objetiva. “Usamos datos de peso al nacer, destete, peso final, circunferencia escrotal y herramientas genómicas que aceleran los procesos. En eso estamos en la misma sintonía”.
Pese al éxito, la presencia argentina en Estados Unidos sigue siendo limitada debido a las restricciones sanitarias y los altos costos del proceso vía Canadá. Justamente, indicaron que por eso el impacto es aún mayor. “Con tan poquita genética nuestra estar pegando tan fuerte allá es muy importante”, remarcó Fernández.
El hecho de que cabañas como Schaff’s Angus Valley adquieran estos reproductores garantiza, para ellos, la masificación de la sangre argentina. “Con los toros, lo interesante es que van a centros genéticos americanos y esto tiene un potencial mucho más fuerte vía inseminación artificial para potenciar gran parte del rodeo estadounidense. Estamos en el mejor momento de los últimos 20 años. Hay trabajo de décadas detrás de esto. Ahora el desafío es aprovechar esta punta para seguir mostrando lo que vale la genética argentina”, destacó Fernández.
Debernardi viaja a Estados Unidos desde hace 17 años y lo hace de manera constante, recorriendo cabañas y remates en distintas épocas del año. “Voy todos los años, compro, reviso, me ven bajo la nieve mirando animales todo el día”, continuó. Esa presencia, le permitió construir vínculos y ganar reconocimiento dentro del ambiente ganadero norteamericano.