Hay una razón por la que tu amiga obsesionada con el yoga decidió que las vacunas contra la Covid-19 eran veneno; o por la que tu compañero de trabajo, que promulgaba el poder curativo de infusiones y plantas, ha renegado de la pasteurización y ahora bebe leche cruda. Se llama conspiritualidad. O, al menos, así lo han denominado Matthew Remski, Derek Beres y Julian Walker. Los tres cayeron en algún momento de sus vidas y por motivos diferentes en el mundo de las pseudociencias, que les llevaron a pensar que sus problemas podían curarse con la fuerza del yo, algunas posturas de yoga y tratamientos alternativos que pusieron en riesgo su salud.
Para Remski, el punto de entrada a la conspiritualidad estuvo en el yoga, una práctica que por sí misma no tiene nada intrínsecamente malo, hasta que algunos ‘emprendedores’ prometen curar la diabetes o cardiopatías a través de ciertas posturas. El riesgo para Remski fue otro: “Desarrollé una trombosis venosa en la pierna izquierda, pero yo no sabía qué era eso. Tras 10 años como instructor de yoga, creí que era una especie de bloqueo energético en mi pantorrilla, así que intenté repararlo con calor, vapor, masajes y estiramientos. Todas estas cosas podrían haber roto parte del trombo y provocarme un infarto”, describe.
La conspiritualidad llevaba tiempo forjándose, pero durante la pandemia de la Covid-19 vivió “su momento Waterloo”, describe Remski. El cóctel era perfecto: durante meses, el mundo se quedó encerrado en sus casas y recurría a las plataformas virtuales como única forma de socialización. Los síntomas del coronavirus, además, hacían dudar. “Para muchos, era simplemente una mala gripe, lo que hizo que minimizasen sus efectos”, explica.
En este escenario, influencers y gurús del bienestar vieron su oportunidad: “Es el momento en el que podían probar que sus tratamientos alternativos eran tan valiosos o más que la medicina moderna, que tachaban de corrupta”, dice el periodista canadiense. “Creó un vacío de conocimiento sobre la salud y estas personas lo vieron como una oportunidad para promocionar sus soluciones”, añade.
En el mundo de la conspiritualidad también han conseguido penetrar las ideas de la extrema derecha, asegura Remski. “El foco en la integridad y el orgullo del cuerpo, un pasado idealizado y una cultura física militarizada hacen que estas prácticas sean muy atractivas para los fascistas. Sobre todo, porque no están reguladas: cualquiera puede ser profesor de yoga o del bienestar sin ir a la universidad, sin sacarse un título. Si eres lo suficientemente carismático, te irá bien”, dice.
Este contexto propició la aparición de lo que los autores llaman la ‘triada mística’: la creencia de que nada es lo que parece, todo pasa por algo y todos estamos conectados. Sus seguidores, dice Remski, entienden que el mundo está gobernado por “una élite cabal” y que “las instituciones globales nos están fallando”, pero lejos de organizarse o exigir una revolución política, su solución es individual “Si se purifican a ellos mismos, si se convierten en el cambio que quieren ver en el mundo, entonces eso es suficiente”, explica el autor.
Remski, que en su juventud pasó por dos sectas diferentes, tiene claro que “cualquiera puede llegar a creerse información falsa o tóxica”, sobre todo “si se les anima y se les premia socialmente y si están en una situación de vulnerabilidad”, dice. El problema, sin embargo, no es la falta de educación o la personalidad de cada uno, sino los factores socioeconómicos que nos rodean.
“Serás vulnerable a la conspiritualidad si acabas de perder tu trabajo, si te han dado un diagnóstico médico que da miedo, si alguien en tu familia acaba de morir, si te acabas de divorciar... Cualquier ruptura en tu tejido social puede llevarte a buscar comunidad, significado, esperanza, y la conspiritualidad es muy buena dando esto. Lo que no te proporciona es ningún tipo de acción concreta ante la crisis [que vives]. Se piensa que si rezas o haces unas prácticas concretas, entonces el mundo se transformará mágicamente”, explica.
Que influencers y gurús pongan en duda la efectividad de las vacunas es una cosa, pero todo cambia cuando el presidente de un país recomienda beber lejía para desinfectarse de un virus o asegura que el paracetamol causa autismo. Las redes de la conspiritualidad se han extendido y encuentran en Estados Unidos el escenario ideal para expandirse por el resto del mundo, dice Remski. Apunta, por ejemplo, al polémico secretario de Salud estadounidense, Robert F. Kennedy Junior, conocido activista antivacunas.
Las consecuencias ya las estamos sufriendo: enfermedades casi erradicadas como el sarampión han vuelto y los fondos para programas internacionales de salud se han reducido, poniendo en riesgo la vida de millones de personas en el sur global.
En este punto, Remski opina que la guerra contra la desinformación de las vacunas está perdida. “Creo que es prácticamente inútil intentar convencer a la gente a través de internet. Si han desarrollado una posición antivacunas, discutir con ellos en Facebook solo va a empeorarlo y no puedes revertir ese sentimiento profundamente arraigado desmintiendo con datos”, valora.