De vez en cuando la vida entrega segundas oportunidades. Especialmente, a quienes desean algo con fervor y trabajan sin pausa hacia a un objetivo. Por eso, cuando el 13 de marzo zarpe el crucero Costa Favolosa del puerto de Buenos Aires será el retorno de El Retorno. O mejor dicho, la revancha de El Retorno.
¿Por qué revancha? Porque en marzo de 2020 cientos de españoles, italianos y descendientes de ambas colectividades se habían propuesto cruzar el océano en el sentido inverso al que lo habían hecho tantos inmigrantes en el pasado. Pero justo empezó la pandemia.
Si bien no hubo contagios en el barco y todos pudieron volver en vuelos especiales, la experiencia les dejó sensaciones encontradas porque no pudieron recorrer nada en tierra.
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Con la proa hacia sus raíces, esta vez, 400 pasajeros intentarán nuevamente realizar la travesía en el mismo medio de transporte que usaron sus antepasados para venir al continente americano.
“Cumpliendo el sueño propio y de nuestros padres y abuelos, los españoles e italianos nativos, hijos y nietos unidos volvemos en barco a España e Italia como ellos vinieron. ¡Allá vamos, Abuelos!”. Esta es la frase que imprimieron en los pañuelos que todos llevarán en el crucero El Retorno 2026 y que cobrarán protagonismo al momento de la partida.
En diálogo con Clarín y con un pañuelo en la mano, Ernesto Ordóñez (74), uno de los impulsores del viaje y autor del libro de memorias Un cuento de gallego explica que la idea es saludar desde el barco a la vieja usanza, especialmente, cuando partan del puerto porteño. Y días más tarde, en Recife (Brasil), cuando dejen América atrás.
“Los pañuelos servían para saludar y para enjugar las lágrimas, como las de mi abuela, que sabía que no nos iba a volver a ver. Entonces, la idea es emular los pañuelos que usamos cuando dejamos nuestros países y entonar la canción El Emigrante. Pero considerando los tiempos actuales, vamos a transmitirlo a través de las redes sociales (@cruceroelretorno2026)”, dice el presidente de Turismo de la Federación de Sociedades Españolas de Argentina (FEDESPA).
El crucero navegará 21 días hasta el destino final, pasando por los puertos brasileños de Río de Janeiro y Recife, Cabo Verde, Santa Cruz de Tenerife (España), Casablanca (Marruecos), Barcelona (España), Marsella (Francia) y Savona (Italia).
Por ser Tenerife el primer puerto español al que arribe el transatlántico, allí los recibirá una comitiva con autoridades, porque esta vez está todo dado para que puedan llegar a destino y celebrar.
Mientras que en Barcelona descenderá la mayoría de los pasajeros de la colectividad española, los italianos seguirán hasta Savona, cumpliendo el sueño que comenzó hace años y que entrelazó tantas familias gracias al trabajo conjunto de las autoridades de FEDESPA y Feditalia (Confederación de Federaciones Italianas en la Argentina).
“En el barco vamos a tener caminatas, danzas, castañuelas, partidos de truco y chinchón, teatro... Y vamos a festejar los cumpleaños de los que cumplan a bordo. Como seremos 400 personas, casi todos los días cumple alguien”, cuenta Ernesto Ordóñez sobre un viaje que tendrá muchas más comodidades que las que conoció cuando emigró en 1959.
Y aunque se había criado a solo 2 kilómetros de la costa, recién conoció el mar al embarcarse con su familia.
En lo personal, El Retorno 2026 significa también una celebración a la vida, porque su propia salud le ha dado una segunda oportunidad después haber estado varios meses internado entre 2020 y 2021.
“Me llegaron a dar dos días de vida y estuve tres meses en coma... Tengo una hermana que es monja y debe hablar con Dios para que me cuide”, bromea Ernesto, que aún hoy habla en gallego cuando se junta con sus hermanos.
Desde una aldea gallega
Nacido en La Coruña (Galicia, España) el 18 de diciembre de 1951, Ernesto emigró a los 7 años a Montevideo (Uruguay), y a los 23 se radicó en Argentina, en Buenos Aires.
Venía de La Cipeira, una aldea enclavada en la falda de una montaña, en la que vivía con sus padres Teresa y Manuel y sus ocho hijos (la novena nació en Uruguay y otros tres murieron en España cuando eran chicos, se cree que de meningitis).
Tenían una huerta con ciruelos, manzanos y perales, y había que subir un pequeño monte para cobijarse bajo la sombra perfumada de los árboles en flor. La vida rural era cuesta arriba, y un gran limonero brillaba en el extenso patio de tierra.
En la casa de piedra -construida en dos plantas- también tenían vacas, bueyes, chanchos y gallinas, y hacía poco se había instalado la luz eléctrica. Pero el agua se sacaba del río que formaba una cascada, el mismo punto de reunión de las mujeres que se encontraban para lavar la ropa.
“Hay muchas canciones alusivas a los ríos, como la que dice: "María se vas ó río a lavar / non bata-la roupa que a podes rachar (María, si vas al río a lavar, no golpees la ropa que la puedes rasgar)”.
Ernesto entona con facilidad, evidentemente acostumbrado a cantar en público. Siempre en gallego, salta de una canción a la otra: “Eu son da Rianxeira, ri-ri-ria, ri-ri-ria / Eu son da Rianxeira, ri-ri-ria, ri-ri-ria / As miñas cores son de mar e de vento, / E o meu corazón leva a terra no peito (Yo soy de Rianxeira, ri-ri-ria, ri-ri-ria, / Yo soy de Rianxeira, ri-ri-ria, ri-ri-ria. / Mis colores son de mar y de viento, / Y mi corazón lleva la tierra en el pecho)”.
Todo el tiempo, Ernesto desliza canciones y palabras en gallego: “Nos refrescábamos en la rejeira (cascada) y al molino lo llamábamos muiño. Molíamos el trigo, que era para vender pero no para hacer nuestro propio pan. Para nuestro consumo usábamos broa (maíz), que era más barato”.
Recuerda que un caldo con verduras, papas y algo de tocino era la comida de todos los días, que se calentaba en el pote (una olla de hierro fundido con tres patas).
Hasta que un día llegó el tío Ramón, quien tiempo atrás había emigrado a Montevideo: les llevó regalos, ropa, té en hebras, un queso enorme y... ¡hasta un auto en el barco!
La visita de Ramón le cambió la vida a la familia porque, desde ese momento, todas las conversaciones empezaron a girar en torno a la planificación de la partida a América, adonde la buena fortuna le había sonreído al tío.
El objetivo de huir de las penurias económicas determinó el viaje de la madre de Ernesto con su hermano mayor, y dos años más tarde, pudo emigrar el padre con él y el resto de sus hermanos.
Finalmente, llegó el día en el que partieron antes de que asomara el sol: caminaron dos kilómetros hasta el ayuntamiento de Ponteceso y desde allí un auto los iba a llevar a La Coruña, a 40 kilómetros.
Entonces se hospedaron en un hotel-fonda, donde sucedió algo inesperado: por primera vez, vieron ¡un lavatorio con una canilla de la que salía agua!
El barco se llamaba Monte Udala. Tenía un salón grande, manteles blancos, panes dorados y camarotes con olor a pintura fresca.
La pequeña gaita gallega de Ernesto coincidió con el sonido de la sirena, se agitaron los pañuelos y todo fue nuevo para él, inclusive la llegada a la capital uruguaya, las bananas, el dulce de leche y los fuegos artificiales en Nochebuena.
De tanto ver el Vapor de la Carrera, una noche subió a un catamarán con un amigo y cruzó el Río de la Plata: quedó impactado por Buenos Aires-la ciudad que nunca dormía, y decidió mudarse aquí con otro tío. Con los años conocería a su actual esposa uruguaya Sandra, con quien tuvieron tres hijos argentinos: Javier, Cecilia y Gonzalo.
Después de tantos años en Uruguay primero y en Argentina después, Ernesto se propuso fomentar el entrelazamiento de los distintos miembros de la colectividad española: “Como inmigrante, yo no quiero que mueran las tradiciones. Por eso, tanto los españoles como los italianos tenemos las instituciones, para que los hijos, los nietos y bisnietos sigan llevando adelante las costumbres que nos fueron grabadas a fuego”.
Ernesto, que se siente “un gran agradecido de la Argentina porque nos dio muchas oportunidades y hemos logrado crecer trabajando”, destaca que este crucero es “una gran oportunidad para volver a los terruños de los cuales tanto nos han hablado nuestros abuelos”.