En agosto de 1998, el silencio ocupó el centro histórico de Lima. El fuego avanzó detrás del escenario del Teatro Municipal y en menos de dos horas dejó una estructura calcinada. Aquella noche se apagó un espacio que durante décadas reunió ópera, teatro y conciertos. Las llamas comenzaron poco antes de un espectáculo al que asistirían 1.350 personas. Dos horas antes de la función, el recinto quedó envuelto en humo.
El siniestro se inició detrás del escenario. Las primeras versiones apuntaron a un cortocircuito en los equipos de sonido e iluminación. Otra hipótesis señaló el recalentamiento de reflectores colocados cerca del telón. Las luces pertenecían al equipo técnico contratado para la presentación de la intérprete de música criolla Eva Ayllón. El fuego consumió gran parte de la estructura y redujo a cenizas escenografías, archivos y mobiliario.
Diecinueve unidades de bomberos y cerca de 300 hombres trabajaron hasta las 21:30 horas para controlar las llamas. Pocas piezas lograron rescate. Apenas 142 lienzos y algo de material bibliográfico fueron trasladados al Teatro Segura. Un integrante de la Asociación Prolírica limeña declaró: “Se han perdido cerca de 40 escenografías de ópera, entre ellas la de Aída, que tiene cerca de 40 años”.
Un año después, en medio de escombros y paredes ennegrecidas, el teatro abrió sus puertas por única vez antes de su restauración definitiva. La obra elegida fue El rey Lear, de William Shakespeare. La decisión sorprendió por el contexto y por el texto: la caída de un monarca que pierde poder y familia, representada en un edificio que también atravesaba ruina.
El 2 de agosto de 1998 las luces del Teatro Municipal se apagaron por más de una década. El recinto, abierto en 1920 y considerado uno de los principales espacios culturales de la capital, quedó destruido en un 90 %. El gobierno peruano anunció que el teatro sería reconstruido y que cerca se edificaría un gran complejo cultural.
El entonces alcalde de Lima, Alberto Andrade, se reunió al día siguiente con sus asesores para conformar un comité de reconstrucción. El proyecto avanzó con lentitud. Las obras de restauración comenzaron años después, durante la gestión de Luis Castañeda, y el teatro reabrió en 2010.
El edificio contaba con más de un siglo de historia. Fue construido en 1915 bajo el diseño de Manuel María Forero Osorio e inaugurado el 28 de julio de 1920 con la ópera “Aída”, de Giuseppe Verdi, interpretada por la Gran Compañía de Ópera Italiana de Adolfo Bracale. En 1929 la Municipalidad de Lima lo adquirió y lo rebautizó como Teatro Municipal de Lima. Desde entonces se convirtió en el principal escenario para ópera, teatro y recitales.
En 1999, cuando el inmueble aún mostraba vigas expuestas y muros quemados, se montó El rey Lear. La puesta estuvo bajo la dirección de Edgar Saba y tuvo como protagonista a Alberto Ísola. La producción estuvo a cargo del Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Perú y del Proyecto Especial “El Teatro Municipal Renace”.
La elección del texto de Shakespeare tuvo una carga simbólica evidente. Lear es un rey que pierde estabilidad por sus propias decisiones y enfrenta el derrumbe de su poder. Esa historia se representó en un espacio que también mostraba fractura. El escenario quemado no funcionó solo como fondo. El lugar dialogó con la trama. Las paredes oscuras y el techo abierto reforzaron la idea de caída y pérdida.
El montaje no implicó una reapertura formal. Fue una función excepcional en medio del proceso de definición sobre el futuro del edificio. La obra se presentó cuando el teatro aún no contaba con restauración estructural. El público ingresó a un espacio intervenido de forma provisional para permitir la representación.
Antes del incendio, el Teatro Municipal concentraba gran parte de la actividad escénica de Lima. Desde su inauguración ofreció temporadas de ópera, zarzuela y teatro. La pérdida de escenografías, vestuarios y archivos afectó a compañías y asociaciones vinculadas al recinto.
El siniestro no solo destruyó infraestructura. Interrumpió programaciones y desplazó producciones hacia otros espacios. El traslado de piezas al Teatro Segura permitió conservar parte del patrimonio, aunque la mayor parte del material desapareció.
En 2008 se anunció que el proceso de restauración tardaría tres meses. La reconstrucción se extendió y el teatro volvió a abrir en 2010 con una nueva temporada. Entre 1998 y 2010, el edificio permaneció cerrado, salvo aquella función de 1999.
La imagen de Lear bajo un techo ennegrecido quedó como uno de los episodios más singulares de la escena peruana reciente: un texto sobre la pérdida, representado en un lugar que atravesaba su propia ruina.