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Supo hacer reír mientras luchaba contra sus fantasmas y adicciones convencido de que moriría joven: el triste adiós de John Candy
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Supo hacer reír mientras luchaba contra sus fantasmas y adicciones convencido de que moriría joven: el triste adiós de John Candy

John Franklin Candy nació el 31 de octubre de 1950 en el seno de una familia trabajadora de Ontario, Canadá. Durante su juventud se destacó como un excelente jugador de fútbol americano. Por aquel entonces, mantenía la esperanza de continuar practicando ese deporte a nivel universitario. Sin embargo, una temprana lesión sufrida en la rodilla truncó de manera definitiva sus aspiraciones atléticas, obligándolo a buscar un nuevo rumbo.

Tras aquel revés, tomó la decisión de matricularse en el Centennial College con la intención de estudiar periodismo. A pesar de ese intento, su vocación emergió de manera irrefrenable cuando, en 1972, fue aceptado como integrante de la compañía de comedia de improvisación Second City de Toronto.

Su talento rindió frutos rápidamente. Para 1977 ya se desempeñaba como intérprete habitual y guionista del programa televisivo SCTV. El éxito fue tan rotundo que la compañía lo envió a Chicago, Estados Unidos, para entrenar oficialmente con las figuras más consagradas del ambiente teatral.

Para 1981, el ciclo logró dar un enorme salto al conseguir un codiciado espacio en la programación nocturna de la cadena estadounidense NBC. Durante esa etapa televisiva, Candy brilló creando personajes inolvidables como el presentador Johnny LaRue y el maestro del cine de terror, el doctor Tongue; además de realizar aclamadas imitaciones de personalidades como Orson Welles, Julia Child y Luciano Pavarotti. Demostró que era bueno para eso, lo que le valió ganar dos premios Emmy por su labor como guionista en los años 1981 y 1982.

Mientras aún formaba parte del elenco estable de SCTV, el comediante comenzó a incursionar en el ámbito cinematográfico con pequeñas pero destacadas participaciones en largometrajes, como el recluta inadaptado en Stripes junto a Bill Murray, sumado a roles en la comedia bélica 1941, dirigida por Steven Spielberg, y en la taquillera The Blues Brothers junto a John Belushi y Dan Aykroyd.

Tras abandonar definitivamente el ciclo televisivo en 1983 para abocarse de manera exclusiva al cine, inició su camino hacia el estrellato internacional con su participación en la película Splash, al año siguiente. En ese exitoso film, dirigido por Ron Howard, interpretó al despreciable hermano del personaje protagónico encarnado por Tom Hanks. Logró un éxito rotundo que lo posicionó como una estrella de la pantalla grande, a pesar de actuar luego en producciones que fueron fracasos de recaudación como Brewster’s Millions, Summer Rental y Armed and Dangerous.

Su carrera en los cines experimentó un vigoroso resurgimiento comercial en 1987 gracias a la popular comedia Planes, Trains & Automobiles, en la que compartió el cartel principal con Steve Martin, sumado a una breve pero muy memorable aparición en la parodia galáctica Spaceballs, del director Mel Brooks. En los años subsiguientes Candy cosechó grandes éxitos de audiencia protagonizando la comedia Uncle Buck, del director John Hughes, en 1989 y participando en un rol menor en el absoluto fenómeno global Home Alone (Mi pobre angelito) en 1990.

Aunque su imponente físico y generosa estatura lo encasillaban habitualmente en roles orientados a papales cómicos, tuvo la oportunidad de demostrar su versatilidadactoral al asumir un atípico papel protagónico de carácter romántico en Only the Lonely, junto a Maureen O’Hara y Ally Sheedy. Y también al encarnar un pequeño papel estrictamente dramático en el tenso thriller político JFK, del cineasta Oliver Stone. Candy disfrutó de una última gran ola de éxito mundial de recaudación con Cool Runnings en 1993. Un año más tarde moriría.

El sorpresivo final de Candy, a la temprana edad de 43 años, estuvo signado desde su infancia por un profundo sentido de fatalismo biológico. Su padre había fallecido súbitamente a causa de un ataque cardíaco a los 35, un hecho traumático ocurrido cuando el actor apenas tenía cinco años. Esa desoladora pérdida familiar, sumada a los graves antecedentes coronarios que también padecía su hermano mayor, instaló en su mente la convicción de que su destino final estaba trágicamente sellado.

Su cuñado, Frank Hober, y su hijo Christopher confirmaron posteriormente ese agudo miedo a una falla coronaria que acompañó siempre a Candy. Ambos aseguraron que este temor letal estaba presente en los pensamientos de la familia y del propio comediante, a pesar de sus esfuerzos por contratar entrenadores personales e intentar dietas para cuidar su salud.

A lo largo de su vida, el actor batalló silenciosamente contra una severa ansiedad y crueles ataques de pánico crónicos. Para lograr lidiar con esa inmensa agitación psicológica, desarrolló una serie de hábitos de consumo profundamente tóxicos que minaron su sistema cardiovascular. Desde los 18 años fumaba un atado de cigarrillos por día, y recurría a la ingesta compulsiva de comida como mecanismo inmediato para aplacar su malestar interno.

Su hijo Christopher señaló en retrospectiva que las dolorosas heridas derivadas de su difícil infancia se manifestaban de forma directa en su frágil estado mental y corporal. Christopher también destacó que su padre siempre procuraba ocuparse de los demás antes de atender sus propias necesidades.

Sumado a la severa obesidad y al tabaquismo incesante, Candy enfrentó su adicción a la cocaína. El actor confesó que su consumo desmedido de sustancias prohibidas por las autoridades sanitarias se había intensificado durante su estadía formativa en Chicago.

La muerte lo sorprendió repentinamente durante el exigente rodaje de Wagons East, una comedia que parodiaba al género western, grabada en los alrededores de la ciudad de Durango, en México.

Candy se encontraba inmerso en la filmación de ese proyecto desde enero de 1994. El jueves 3 de marzo, durante la que sería su última jornada de trabajo frente a las cámaras, el equipo de producción y el elenco actoral coincidieron unánimemente en que el comediante entregó una de las actuaciones más descollantes de su carrera.

Al concluir esa extensa jornada, el actor se trasladó al hotel donde estaba alojado. A modo de celebración por el excelente nivel de trabajo alcanzado, decidió preparar —a altas horas de la noche— con sus propias manos una abundante fuente de fideos para agasajar a sus asistentes. Poco después de la medianoche, tomó la iniciativa de comunicarse telefónicamente con los otros protagonistas de la película, Robert Picardo y Lewis.

El motivo exclusivo de la llamada fue agradecerles profundamente por la camaradería compartida en el set. Robert Picardo describió la actitud de Candy durante esa comunicación como la de un niño pequeño y exultante que acababa de disfrutar de un maravilloso día en un campamento de verano, impulsado por una enorme necesidad de retribuir afecto.

Esa misma madrugada, antes de acostarse a dormir, el actor también realizó llamadas para hablar con sus dos hijos, Jennifer y Christopher. Obviamente ninguno de los dos menores sospechaba que esa sería la última vez que escucharían su voz.

Christopher, que entonces tenía nueve años, rememoró que las últimas palabras que su padre le dedicó desde México fueron simples pero devastadoras: “te amo y buenas noches”.

En tanto la última charla con la hija mayor, Jennifer, quien había cumplido 14 en febrero, se vio empañada por un detalle doméstico. La adolescente se encontraba estudiando para un examen. Ese compromiso académico la llevó a mantener una actitud ligeramente distante e impaciente cuando recibió la llamada de su padre, algo de lo que se arrepentiría amargamente al enterarse del triste final. Una vez finalizadas las comunicaciones, Candy cerró sus ojos y se dispuso a descansar.

Cerca de las seis de la mañana, John Candy experimentó una insuficiencia cardíaca. Su castigado corazón falló mientras se encontraba dormido en su cama. La causa formal de su repentina muerte, que lo alcanzó a los 43 años, fue catalogada como falla cardíaca. Fue el 4 de marzo de 1994, hace exactamente 32 años.

Horas más tarde, con la llegada del amanecer, un productor tuvo la ingrata labor de reunir formalmente a todo el equipo de filmación en Durango para notificarle la muerte de Candy. La noticia cayó como una piedra; los actores Richard Lewis y Robert Picardo colapsaron emocionalmente en el acto, rompiendo en llanto frente a sus colegas. En su familia el panorama era idéntico. Frank Hober aseguró a los medios que la situación en su hogar era como un terremoto.

El procedimiento escogido para dar la noticia a sus hijos revistió características sumamente dolorosas. Ambos menores fueron apartados súbitamente del servicio religioso que se llevaba a cabo durante esa mañana de viernes en su colegio católico, la institución St. Martin de Tours, para ser informados de la muerte de su padre.

Jennifer relató que, al comprender la magnitud de la tragedia, estalló en un llanto agudo y completamente histérico que se prolongó durante cinco minutos. Pasada esa tempestad inicial, se detuvo y logró mantener la entereza. No obstante, ese intento de privacidad chocó de forma inmediata con el morbo ajeno; la familia debió enfrentarse sin previo aviso a lo que definirían como una tormenta mediática, viéndose abrumados por los insistentes flashes y cámaras de los paparazzi que se agolpaban buscando capturar el sufrimiento de los deudos.

Tiempo después de la muerte ocurrida en México, sus restos fueron trasladados para recibir descanso final. La sepultura se llevó a cabo en los jardines del Cementerio de Holy Cross, un predio ubicado en la localidad urbana de Culver City, en California.

Durante la ceremonia de entierro, su antigua compañera, la actriz Catherine O’Hara, pronunció un ingenioso y sentido elogio de Candy ante los asistentes. El acto de despedida contó con una conmovedora presentación vocal en vivo, a cargo de la cantante Mary Margaret O’Hara, quien entonó con absoluta maestría la canción titulada Dark, Dear Heart/ Oscuro, corazón querido.