Edicion Argentina AR · 15 Mar 2026
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Solo un puñado de canciones eternas
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Solo un puñado de canciones eternas

Los videos caseros no perdonan. No, no hablo de todo eso que hoy, tan fugazmente registramos en los celulares -la visita de un ave a nuestro balcón, la hipnótica danza de los limpiavidrios sobre algún edificio-. Me refiero a esas otras grabaciones familiares que, al menos quienes fuimos niños o adolescentes en los 80, encontramos cada tanto en viejos VHS como perlas olvidadas en un cofre, y allí nos quedamos un rato, prendidos de su magia y su inocencia…

Eso me ocurrió hace semanas, en medio de una de esas limpiezas hogareñas que sacuden hasta los cimientos, ante el hallazgo del testimonio en video del casamiento de mis jóvenes tíos. Más allá del amoroso shock que desata el reencuentro temporario con abuelos, padres y otros familiares que ya no están físicamente con nosotros, disfruté en particular de una escena que me tiene como protagonista. De repente, en mitad de la celebración, me vi a mí misma en 1987, con un traje blanco fulgurante y moñito plateado al cuello -qué cruel es, a la distancia, la moda de los 80-, bailando con frenesí “De Do Do Do, De Da Da Da”, de The Police, un hit incuestionable de esa era que desde sus primeros acordes invita a las pistas -¿qué cuerpo no sucumbe a semejante riff?-.

El tiempo pasó. La adolescencia quedó ahí, encorsetada en aquel colegio de señoritas, y ya con la profesión periodística floreciente en la punta de los dedos, un día de 1997, en viaje por la fascinante ruta que une Los Ángeles con San Francisco, en la radio empezó a sonar The Police (“Every Little Thing She Does Is Magic”, nada menos) y yo comprendí súbitamente, como a golpe de rayo, que aquel hombre en el asiento del conductor con quien sonreíamos y cantábamos a gritos iba a ser más que un novio de ocasión. Y así fue por años.

Algo similar ocurrió una década después, en una esquina perdida de Buenos Aires, cuando de regreso tras una madrugada de fiesta le dije a mi acompañante que lo único que deseaba era llegar a mi hogar, silenciarme y escuchar “Tea in the Sahara”, otro tema de The Police, y su mirada se iluminó de tal forma -como solo los que aman pueden- que supe que allí estaba el futuro. Terminamos pasando por el registro civil.

Fue una noche fantástica, pero austera: sin pantallas, sin parafernalia, sin gran producción. Solo un montón de música sobre el escenario; apenas un puñado de canciones eternas. ¿Acaso hace falta algo más para emocionarse?

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