TORONTO – Mientras el conflicto con Irán redefine los supuestos de seguridad global y los mercados energéticos, el debate en Estados Unidos se ha centrado en gran medida en por qué el presidente Donald Trump eligió la guerra en primer lugar. ¿Fue la política interna, un deseo de proyectar fortaleza, un error de cálculo o algo más?
Esas explicaciones pueden tener mérito, pero corren el riesgo de oscurecer las causas profundas. La guerra fue menos una decisión repentina que la culminación de procesos geopolíticos que fueron eliminando de manera constante las alternativas a la confrontación. Para cuando comenzaron a caer las bombas, las decisiones decisivas ya se habían tomado durante años de deliberación estratégica.
Una de esas decisiones fue la retirada de la primera administración Trump en 2018 del Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA, por sus siglas en inglés), el acuerdo alcanzado con Irán en 2015 para limitar su programa nuclear. En ese momento, Trump argumentó que desechar el JCPOA era necesario para lograr un acuerdo más sólido mediante presión económica. Estados Unidos buscó entonces forzar a Irán a volver a la mesa de negociaciones debilitando gravemente su economía.
Las sanciones, por supuesto, no eran nuevas. Incluso bajo el JCPOA, Irán enfrentaba restricciones significativas por vínculos con el terrorismo, misiles balísticos y violaciones de derechos humanos. La presión continua mantenía abierta la puerta a un alivio adicional negociado. Pero una vez muerto el JCPOA, las sanciones operaron sin diplomacia, reduciendo en lugar de ampliar el margen para el compromiso. Las sanciones no solo debilitaron la economía iraní, sino que también reconfiguraron las percepciones estadounidenses sobre lo que podía lograrse.
A medida que la presión económica se intensificaba sin producir capitulación ni un cambio de régimen, los responsables políticos se enfrentaron a un conjunto cada vez más reducido de opciones creíbles. Cada intento fallido de coerción reforzaba la percepción de que la presión por sí sola no podía resolver el problema, al tiempo que alineaba más estrechamente las percepciones de amenaza estadounidenses con las de Israel, que considera que la mera latencia nuclear (poseer los medios para crear un arma) constituye un riesgo inaceptable. El resultado no fue una marcha inmediata hacia la guerra, sino una redefinición gradual de lo que Trump llegó a considerar estratégicamente inevitable.
La política iraní también hizo menos probable la moderación. Incluso cuando las negociaciones mostraban señales de vida y los mediadores informaban avances, la lógica estratégica que impulsaba la confrontación seguía endureciéndose. Tras el colapso del JCPOA, Irán continuó desarrollando su programa nuclear y redujo el acceso de los inspectores. Esto incrementó el poder de negociación de Irán sin cruzar abiertamente el umbral de fabricar un arma nuclear, pero el efecto estratégico fue el contrario al que pretendía. Independientemente de las intenciones iraníes, cada avance reforzaba la percepción israelí de que se acercaba una fecha límite y fortalecía el argumento en círculos estadounidenses de que la diplomacia estaba perdiendo credibilidad. Las medidas destinadas a preservar la capacidad de negociación aceleraron, en cambio, la convergencia estratégica ya en curso.
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El camino hacia la guerra también pasó por la política israelí. Durante décadas, la doctrina de seguridad de Israel se ha basado en impedir que Estados hostiles alcancen el umbral de armas nucleares. Desde la destrucción del reactor iraquí de Osirak en 1981 hasta operaciones encubiertas periódicas contra instalaciones iraníes, Israel ha favorecido sistemáticamente la acción temprana por encima de la disuasión a largo plazo.
La expansión de la infraestructura nuclear iraní —cada vez más dispersa y reforzada bajo tierra— consolidó la doctrina de seguridad israelí al hacer que la prevención pareciera cada vez más difícil, independientemente de las intenciones de Irán. Anteriormente, ganar tiempo mediante acción militar o encubierta significaba seguridad adicional para Israel. Pero a medida que Irán avanzaba tecnológicamente y las negociaciones fracasaban, la política estadounidense comenzó a converger con la doctrina israelí. Lo que Estados Unidos alguna vez consideró un problema diplomático empezó a parecer una fecha límite de seguridad.
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Con el tiempo, la guerra comenzó a parecer menos una escalada que el camino de menor resistencia. La convergencia estratégica entre Estados Unidos e Israel, combinada con la gestión del riesgo por parte de los Estados del Golfo, hizo que la moderación fuera cada vez más difícil de sostener.
Carla Norrlöf es profesora de Ciencia Política en la Universidad de Toronto.
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