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Un golpe con un matafuegos y una carrera que no se detuvo: la muerte absurda de un piloto de F1 que atropelló a un auxiliar a 300 km/h
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Un golpe con un matafuegos y una carrera que no se detuvo: la muerte absurda de un piloto de F1 que atropelló a un auxiliar a 300 km/h

La luz del mediodía sudafricano cayó de golpe sobre la pista de Kyalami el 5 de marzo de 1977. En la vuelta 22 del Gran Premio, mientras los motores rugían como si el mundo pudiera sostenerse solo en ese estruendo metálico, ocurrió uno de los accidentes más trágicos en la historia de la Fórmula 1. El Shadow número 16 del piloto galés Tom Pryce avanzaba a casi 300 kilómetros por hora cuando dos auxiliares de pista cruzaron sin advertirlo. El primero logró escapar; el segundo, un joven de 19 años que corría con un matafuegos en brazos, no. El impacto fue brutal.

En un instante absurdo, el cuerpo del auxiliar de pista voluntario fue lanzado violentamente contra el auto y el extintor de 18 kilos que llevaba impactó con fuerza la cabeza de Pryce, atravesando el habitáculo y provocando la muerte instantánea del piloto: fue decapitado parcialmente, sin poder siquiera frenar. Su Shadow continuó recto, sin manos que lo guiaran, hasta estrellarse contra el auto Ligier del piloto Jacques Laffite en la primera curva.

Tom Pryce tenía 27 años. Estaba corriendo en la cima del automovilismo mundial, en un circuito que empezaba a convertirse en una trampa mortal por fallas en la seguridad y descoordinación organizativa. La carrera, pese a la tragedia, siguió adelante, como si nada. En la Fórmula 1 de los años setenta, la muerte aún formaba parte del paisaje: una presencia latente, agazapada detrás de cada curva, lista para irrumpir sin aviso.

Thomas Maldwyn Pryce había nacido el 11 de junio de 1949 en el pequeño pueblo galés de Ruthin, una región de colinas verdes y muy ventosa. Hijo de un policía y de una enfermera, creció fascinado por los motores gracias a la devoción que su padre sentía por el piloto Jim Clark, aquel “escocés volador” impecable que manejaba como si flotara sobre el asfalto. Ese fanatismo infantil sería un anticipo del destino: Tom desarrollaría un talento natural para exprimir máquinas modestas y llevarlas mucho más allá de sus límites.

Sus primeros pasos los dio en categorías promocionales de monoplazas, donde ya se comentaba que “sacaba aceite de las piedras”. No tenía el auto más rápido, ni el motor más potente, ni el mayor presupuesto, pero sí un dominio asombroso del volante y una valentía poco común. Ese estilo llamó la atención de un joven y ambicioso director británico que empezaba a hacerse un nombre: Ron Dennis, un exmecánico que acababa de fundar su propio equipo de carreras, que lo invitó a competir en Fórmula 2, un salto determinante para cualquier piloto de los años setenta.

En 1974 llegó finalmente a la Fórmula 1. Su debut fue con el modesto equipo Token, casi un susurro dentro del glamour del “Gran Circo”. Pero a mitad de temporada fue contratado por Shadow Racing Cars, donde su talento explotó de verdad. Allí logró actuaciones brillantes aun sin contar con un coche dominante. Allí también encontró su lugar en el corazón del circuito, donde fue respetado y muy querido.

Fanático del automovilismo en todas sus formas, Pryce aprovechaba los recesos de la Fórmula 1 para disputar el Campeonato Mundial de Rally al volante de un Lancia Stratos, una bestia nerviosa solo manejable por manos privilegiadas, como las de él. El piloto galés parecía moverse entre disciplinas con la misma naturalidad con la que respiraba. Su talento ya era más que prometedor.

A fines de 1976, su proyección era tan grande que recibió una oferta capaz de cambiar su destino: el Equipo Lotus, el legendario equipo de Colin Chapman, lo quería para 1978. Firmaron un precontrato, un papel que anunciaba su ascenso definitivo al Olimpo del automovilismo. Faltaba apenas un año para que Tom Pryce alcanzara el mejor auto, el mejor equipo, la mejor oportunidad. Pero nunca llegó a subirse a ese tesoro de ruedas...

El Gran Premio de Sudáfricade 1977 comenzó como tantos otros: con un cielo limpio, tribunas repletas de fanáticos y la sensación de que la velocidad podía dominarlo todo. Pero la Fórmula 1 de aquellos años aún convivía con peligros que hoy resultan impensables. Las barreras eran frágiles, la comunicación era deficiente, los procedimientos de seguridad eran improvisados y, a veces, temerarios.

En ese contexto, los pilotos enfrentaban no solo a sus rivales, sino también a un entorno donde el riesgo mortal acechaba en cada curva. El trazado de Kyalami, con su recta de más de un kilómetro y visibilidad limitada por una subida previa, exigía reflejos extremos y confianza ciega en que nada interrumpiría la trayectoria de los autos lanzados a máxima velocidad. La tensión era parte del espectáculo y los márgenes de error, inexistentes.

Aquel 5 de marzo, Renzo Zorzi, compañero de Pryce en Shadow, se detuvo en la recta principal de Kyalami por una falla mecánica. Una pequeña llama en su auto lo llevó a accionar el extintor automático, creando una densa nube de humo blanco. Bill William, chapista de veinticinco años, y Frederik Jansen Van Vuuren, maletero de diecinueve en el aeropuerto de Johannesburgo, ambos sin experiencia y armados con extintores de dieciocho kilos, interpretaron que se trataba de una explosión y salieron corriendo desde el otro lado de la pista, sin autorización ni advertencia. La televisión apenas alcanzó a registrar el instante: dos figuras diminutas frente al rugido de los monoplazas lanzados a más de doscientos setenta kilómetros por hora.

Hans Joachim Stuck, que venía primero, los vio y logró esquivarlos con una maniobra brusca. Tom Pryce, en cambio, no tuvo margen ni siquiera para entender lo que sucedía: venía pegado justo detrás y sin visibilidad. William consiguió cruzar por milímetros, pero Van Vuuren, de 19 años, no lo logró. El impacto fue tan feroz que el cuerpo del joven se desintegró en el acto, y el extintor que llevaba salió despedido, golpeando brutalmente el casco de Pryce, arrancándolo y destrozándole la base del cráneo. El piloto murió de inmediato, sin posibilidad de reacción.

El auto de Pryce, sin control y con el acelerador aún presionado, siguió recto a toda velocidad por casi setecientos metros, tocó las barreras y terminó estrellándose contra el Ligier de Jacques Laffite, quedando ambos autos atrapados en las mallas metálicas. Laffite salió ileso, pero al acercarse al Shadow, quedó impactado por la escena y la evidencia de la tragedia.

Pese a la magnitud del accidente, la dirección de carrera decidió no suspender la competencia. Los dos cuerpos fueron retirados y los autos continuaron circulando como si la muerte no hubiese pasado por allí minutos antes. Niki Lauda ganó la carrera, pero en el podio expresó lo que sentían muchos: “No hay nada que festejar. Murieron dos personas”. Así, la cadena de errores y la falta de profesionalismo terminó en una de las tragedias más oscuras del automovilismo, y forzó a la Fórmula 1 a replantear definitivamente sus estándares de seguridad.

Tras la tragedia, Lotus ocupó el lugar que iba a ser de Pryce con otro prodigio, Ronnie Peterson, el sueco que también moriría un año después, en 1978, tras un accidente en Monza. Pryce y Peterson quedaron unidos para siempre por un destino cruel.