Cuando la escocesa Marie Ann, madre de Donald Trump, desembarca en Manhattan en los años ‘30 vive allí un muchacho marplatense, nieto de italianos, que hará de canillita junto al exitoso Carlos Gardel en “El día que me quieras”. Además de tango, Astor Piazzolla se cría escuchando jazz, ambos, con impronta “negra”; Nueva York es un caleidoscopio.
El pulso cultural del mundo varía con los tiempos y ofrece inagotables combinaciones: las migraciones, fenómeno imbricado con la historia, ya ha deparado sorpresas; todo indica que se incuban hoy cambios decisivos.
Desde las campañas de Alejandro Magno y los romanos al Golfo Pérsico o de Julio César a las Galias y Britania, Europa, con eje en el Mediterráneo, mantuvo intercambios con las culturas de la Medialuna Fértil y el norte de África, y con India y China, en las que el “choque” –muchas veces, violento– de desiguales construcciones sociales y tecnológicas, combinaron huellas genéticas y mestizajes mixturando tradiciones, campos simbólicos, idiomas, alimentos y expresiones artísticas: en efecto, es en la riqueza del intercambio donde nace “lo nuevo”.
Algo similar sucede en la América autárquica. Desde los llanos del Norte hasta la intrincada selva amazónica, como en la poblada Mesoamérica y la región andina florecen culturas que canjean productos y saberes. Los imperios como el Maya caribeño; el Mexica o azteca que nace de la reunión de una triple alianza de pueblos y el Tawantinsuyu inca son la síntesis de muchos siglos de civilizaciones previas.
La situación cambia drásticamente hacia el 1500 cuando el mundo se hace uno con Colón, Magallanes, Cabot y Vasco de Gama. Las Filipinas, vía Acapulco, comercian con España; los holandeses buscan especias en Indonesia; el mundo se globaliza y los intercambios interétnicos se multiplican: millones de personas son esclavizadas en África y trasladadas para su explotación; los pueblos originarios son mestizados de modo forzado, y sus valores extinguidos o sincretizados; los criollos se distancian de sus antepasados y los de ascendencia mora o judía deben connotar “pureza de sangre” y nacen los marranos o conversos.
En sus dos etapas de expansión, el capitalismo mercantil y el industrial, los nuevos imperios dominantes –europeos–, sostendrán un orden que entreteje todos los confines del planeta, esquema que se sostendrá hasta que las guerras mundiales del siglo XX lanzan a los Estados Unidos –que no sufre el conflicto en su territorio– al papel de principal fuerza hegemónica.
Han pasado 80 años desde los acuerdos de posguerra de Yalta y Potsdam –35 de la disolución de la URSS– y, acelerados los tiempos por la revolución tecnológica, las migraciones sociales y culturales pasan a ser tanto físicas como virtuales.
El cambio de época que se avizora es de dimensiones colosales, como lo fueron la glaciación hace 15 mil años, diversificando el poblamiento del planeta; la globalización del siglo XVI y las pan-guerras mundiales del siglo XX. El Mediterráneo y el Darién –nuevamente– aparecen como los dos obstáculos geopolíticos más notables de Occidente mientras tradicionales países “blancos” de Europa se llenan de etnias africanas, arábigas e indostánicas y los 70 millones de latinos y casi 50 millones de afrodescendientes constituyen, junto a otras minorías aborígenes, u orientales, casi la mitad de la población de Estados Unidos. Todos ellos son portadores de culturas “lejanas” que pueden despertar o renacer en cualquier vuelta impensada del camino y, en particular, si el “sueño americano” se esfuma de su horizonte.
La revolución mundial del 1500 se apoyó en la imprenta, las armas de fuego y las carabelas; el giro de hegemonía del siglo XX, en el cine, la radio, la TV y el poder atómico, y la nueva era se diseña de la mano de internet, los drones y la Inteligencia artificial. Las mutaciones en las fuerzas de producción suelen anticipar las de las superestructuras políticas, siempre más lentas. Las culturas e ideas trazan a su vez, caminos a veces imperceptibles y conjunta los nombres de Gutemberg, Leonardo, Colón, Lutero y Maquiavelo, con los de Moctezuma, Atahualpa y la dinastía Ming, que se potencian en una misma encrucijada de la historia.
Sin embargo, una cultura global que se nutre de curiosidad por “el otro” (y consumo, como festejar el Año Nuevo chino, la oktoberfest y San Valentín) y apunta a un mundo de inmediatez con fronteras líquidas, no cancela los legados que perduran en la asombrosa conciencia y memoria de los pueblos.
Un atrevido boricua suelto en California, desafinando y bailando con coreografías casi tribales, encierra algo que supera por mucho el showbussines. El enojo de Trump, hombre que entre otras fobias sostiene fuertes posiciones supremacistas contra los migrantes tiene también y a su pesar, raíces ancestrales: la gaita escocesa reconoce sus orígenes en Oriente Medio y el antiguo Egipto. Astucias de la historia, decía el viejo Hegel