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AR 18 Mar 2026
El crudo relato de Martín Vargas, el primer caso de doping por cocaína en el fútbol argentino: "Conviví con la adicción más de 30 años y lo perdí todo"
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El crudo relato de Martín Vargas, el primer caso de doping por cocaína en el fútbol argentino: "Conviví con la adicción más de 30 años y lo perdí todo"

El nombre de Alberto Martín Vargas se hizo famoso en Argentina en agosto de 1996. El 11 de ese mes se convirtió en el primer futbolista de Primera División en dar positivo de cocaína en un control antidoping. Fue tras el partido que su equipo, Deportivo Español, igualó sin goles en Rosario ante Newell's. En esa misma fecha, la 18 del torneo Clausura, Diego Armando Maradona salió sorteado para el control en la caída de Boca 2-1 ante Estudiantes en la Bombonera.

El frasco de Vargas llevaba el 508 y el de Maradona el 408. En ese tiempo se especuló con un posible cambio de muestras, mucho más después de la posterior internación de Diego en una clínica de Suiza para rehabilitarse. Vargas siempre lo negó.

El positivo de Vargas, con la sombra de Maradona dando vueltas, se convirtió en un escándalo. El futbolista de Deportivo Español fue sancionado por 6 meses y denunciado en la Justicia por Sergio Aldo Parodi, un fisicoculturista de Mendoza. El 27 de agosto declaró más de 4 horas en Comodoro Py. Luego seguirían otras indagatorias y todo terminaría en el caso Coppola.

Vargas pasó entonces a un segundo plano. Cumplió la suspensión y jugó poco en distintos clubes del Ascenso. En el 2000 emigró a Ecuador y desde entonces vive en Guayaquil. Se hizo Testigo de Jehová. Durante más de 30 años luchó contra la adicción. En 2022 decidió internarse 9 meses y se recuperó. Las más de tres décadas de consumo le dejaron heridas: perdió familiares, dinero, amigos y el contacto con sus hijos. Lo que sigue acá es su testimonio en primera persona, sin interferencias. Un relato claro, simple y contundente. Doloroso. Y también de esperanza.

La historia de Alberto Martín Vargas, en primera persona:

"El día que nací, el 12 de mayo de 1973, mi papá, Arturo Alberto Vargas, hizo una fiesta para todo Rafael Calzada. Se le cumplía el sueño del hijo, después del nacimiento de mi hermana mayor, Lorena. Mi mamá, Margarita, me contaba que mi papá les pedía a los amigos que solo me regalaran pelotas de fútbol. “Este chico va a ser jugador de fútbol”, les repetía. Estaba convencido.

Desde chico me destaqué en el Club Social y Deportivo Rafael Calzada. Nací con el don del fútbol. Papá trabajaba en el Ministerio de Agricultura y Pesca de la Nación; era un tipo leído, además de un enamorado del fútbol. Era hincha de Huracán. Una tarde, mirando el diario, se enteró de una prueba de jugadores en Independiente. Y me llevó.

Fuimos solos, papá y yo, hasta Villa Domínico. Tomamos dos colectivos y fuimos hablando de fútbol. “Cuando te pregunten de qué jugás, deciles de back central”, me aconsejó. “Va a estar lleno de delanteros”, me explicó.

En esa prueba quedaron Gustavo López, Sebastián Rambert, Pablo Rotchen y alguno más. También estaba Javier Zanetti, a quien no ficharon. El Pupi suele contar esa historia.

En Independiente jugué en Novena y en Octava. Mi mamá me acompañaba todos los días a entrenar porque yo era muy chico para viajar solo. Tardábamos más de dos horas en llegar desde Rafael Calzada hasta Villa Domínico. En esa época no teníamos auto. En casa nunca sobró nada y algunas veces algo faltó. Pero mi infancia fue de amor puro.

De un día para el otro, cuando estaba por arrancar en Séptima, mi papá me llevó a Deportivo Español. Creo que conocía a alguien de su trabajo y lo convenció para que me cambiara de club. Yo no entendía nada porque estaba muy cómodo en Independiente.

En Español empecé a jugar en todos los puestos de la defensa y cada tanto me ponían de volante. Fui creciendo. Debuté en Primera División en noviembre de 1992 contra Rosario Central. Oscar López y Oscar Armando Cavallero eran los técnicos y me tuvieron muy en cuenta en todo su ciclo.

Esa tarde a Rosario habían ido a verme mi papá (que iba a todos lados), mi mamá y la que era mi señora. Ya habíamos tenido a nuestro primer hijo, Julián Martín. Volvimos en auto hasta Buenos Aires y yo estaba callado. “¿Qué te pasa, hijo, con lo bien que jugaste?”, me preguntaba papá. Mi mujer se dio cuenta de todo. Cuando llegamos a casa le confesé.

Es muy loco: probé la cocaína tres semanas antes de que saltara el doping en la cancha de Newell's. Recuerdo perfectamente cómo y dónde fue: en la pizzería El Faro de Adrogué.

¿Cómo caí en esa trampa? Un fin de semana teníamos fecha libre y fui un viernes a la tarde a visitar a mis papás a Rafael Calzada. Yo ya vivía con mi mujer y mi hijo en otro lugar. En el barrio pasé por la esquina y estaban todos mis amigos. Los frecuentaba poco porque intuía que alguno podría estar en cosas malas. Nos quedamos hablando un rato sentados en el cordón de la vereda. Y quedamos en ir a comer el sábado a El Faro.

Cuando llegué a El Faro, mis amigos estaban todos alrededor de uno de los autos. Tenían algo en la mano. “Esto vos no, Martín”, me dijeron. Era cocaína.

Comimos y después nos quedamos a tomar algo. En un momento fui al baño y la probé. Fue la decisión más equivocada de mi vida. La droga me causó un montón de problemas.

Desde que probé hasta que volví a tomar pasaron apenas cuatro días. El olor me atraía. Al principio pensás que lo manejás y luego te das cuenta de que no. Y ya es tarde. Nunca me expliqué por qué caí en la droga porque en mi casa no viví nada de eso. Repito: mis padres solo me dieron amor.

Recuerdo con claridad el día del control antidoping en Rosario. El doctor me vino a buscar a mí y a Gustavo Grondona, los que salimos sorteados. Me quise morir porque sabía que tenía el cuerpo contaminado. Pensé en tomar Gatorade de manzana y escupirlo en el frasco (cuestión que haría meses después jugando en Olimpo de Bahía Blanca), pero un médico me estuvo mirando todo el tiempo. En la pieza no había un baño apartado: todo se hacía entre cuatro paredes. Me dije que sea lo que Dios quiera y oriné.

El lunes, cuando volvimos a entrenar, el predio de Español estaba lleno de periodistas. Al llegar, el médico me avisó del telegrama con el positivo. Fue un golpazo. Fui al vestuario y les dije a mis compañeros la verdad.

Después se hizo una polémica con Diego Maradona por el tema de la numeración de los frascos. Esa misma fecha a Diego le había tocado el control y su frasco era el 408; el mío, el 508. Escuché versiones de que me pagaron para tapar el doping de él. Nada que ver: yo siempre admití que me había equivocado. Lo que ocurrió es que en esos días Maradona viajó a Suiza para someterse a un tratamiento por drogas. Con Diego me junté a almorzar un mediodía en Olivos y me advirtió que se me vendrían un montón de problemas.

Vuelvo al entrenamiento de Español, a la mañana en que me avisaron del positivo. Me subí al auto tratando de esquivar a la prensa y desde el teléfono del auto llamé a mi casa para avisar que iba. Tenía que enfrentar a mis padres.

Entré en silencio. Estaba la televisión prendida y aparecía mi nombre y mi cara. Una de mis hermanas apagó la TV y mi papá me dijo que hablara. “Todo lo que se dice ahí es verdad”, les avisé señalando el aparato. Fue entonces cuando escuché mi mamá: “¿Vos me querés decir que mi hijo consume drogas? Con todo lo que hicimos por vos, ¿así nos pagás? No te quiero ver nunca más y te vas de mi casa”. Esas fueron sus palabras.

Lo que siguió es muy triste. Me sancionaron por seis meses y hasta me hicieron una denuncia por la que tuve que ir a declarar a Comodoro Py. En la misma causa estaba Diego Maradona y semanas después saltó el caso Coppola.

Empecé a frecuentar la noche, más allá de la ayuda de profesionales que me daban Español y el gremio de los futbolistas. Comencé a beber mucho alcohol, que era la punta de lanza. Necesitaba el alcohol para seguir con lo otro. Mi única preocupación en ese tiempo era consumir; por eso digo que esta es una enfermedad que te vuelve egoísta. Me alejé de la gente buena y cambié mi entorno para mal.

Mientras la enfermedad avanzaba, seguí con el fútbol. Estuve unos meses en Olimpo de Bahía Blanca y después jugué en Brown de Adrogué y Temperley. Un tiempo me retiré y trabajé con unos taxis que tenía. Pero la droga siempre estaba. Por eso liberé a la que era mi mujer, la mamá de mis hijos. No era vida la que le estaba dando. Ellos se fueron a vivir a Valencia, España, y a mí, en el año 2000, me salió la posibilidad de jugar en Ecuador. Justo ahí nació mi segundo hijo, Ramiro Martín.

Regreso a mis padres, a lo duro que fue para ellos enterarse de que tenían un hijo que consumía. En esa época, mediados de la década del 90', tener un familiar en la droga era lo peor que te podía pasar. Y ni mi papá ni mi mamá pudieron superar eso. Sentían la mirada de los vecinos.

Mi papá, que ya falleció, perdió el amor por el fútbol y por su hijo (yo), dos de sus grandes pasiones. Y mi mamá se hizo alcohólica. También tomaba pastillas para dormir. Se volvió una persona que iba por la calle insultando a la gente. En una época hasta tuvimos que internarla en un loquero.

Hasta que un día se suicidó.

Evitaré los detalles de lo sucedido para no hacer sufrir más a mis familiares, especialmente a mis hermanas. Solo diré que mi mamá no pudo soportar el peso de tener un hijo metido en la droga. Y después de unos años de angustia se fue a otro plano con su dolor.

De lo de mi mamá me enteré estando en Ecuador. Mi enfermedad me hizo alejarme de mis hijos y mis hermanas. En todo ese tiempo seguí jugando al fútbol y envenenando mi cuerpo. En 2002 me compró Toros Neza de México y luego regresé a Ecuador, y un par de años después me retiré en Liga de Loja.

La cocaína te convierte en un monstruo porque perdés todos los valores. Me costó demasiado salir de ella. Digo que estuve cerca de la muerte porque perdí todo por la droga: hijos, mujer, familia, amigos, trabajo, dinero.

En 2003 conocí en Ecuador a Guadalupe, mi actual mujer, que me cambió la vida. A ella también la lastimé mucho, por eso tuvimos muchas idas y vueltas. La gente se aleja porque se cansa de que la lastimen. Tuve muchos trabajos tras mi retiro, aunque todo me salía mal. Podía estar un par de meses limpio, lúcido, con proyectos, pero en algún momento recaía.

Tengo 52 años y más de 30 los atravesé con la adicción. Por suerte ahora puedo decir que estoy limpio y que voy ganando de un día a la vez. La disciplina es todo para vencer a la enfermedad.

¿Cómo fue que me recuperé? Un día toqué fondo estando en Chicago, Estados Unidos. Sucedió hace tres años. Estaba frecuentando lugares peligrosos. De un arrebato saqué un pasaje y volví a Argentina. Fui a la casa de mis papás y ahí estaba mi hermana Andrea. Hacía 10 años que no la veía. Sentados cara a cara le conté toda mi verdad. Me liberé.

Mi hermana me escuchó y, junto a mi cuñado Ariel, me dijeron de ir al Sedronar de Banfield. Ahí me recomendaron internarme en la fundación Creer es Crear de Berazategui. Fui de la mano de mi hermana y de la mano de Dios, que me entró en el corazón.

Y me recuperé tras 9 meses de internación. Volví a Ecuador y me reencontré con mi mujer, Guadalupe. Ambos somos Testigos de Jehová y vamos a un hogar todos los jueves y domingos. Leemos la Biblia todos los días. En lo laboral soy muy activo: tengo un emprendimiento de venta de churros y me va muy bien. También vendemos ropa y me contratan para cocinar asados o pizzas. En el hogar siempre hay bendiciones.

Siento que ahora es mi momento, que llegó el tiempo de dar mi testimonio. Venimos a la vida para ser buenas personas y para disfrutar. Todavía no estoy autorizado para predicar casa por casa, pero llegará en pocos meses.

Antes tenía todo lo que quería y no a Dios. Ahora tengo a Dios, a mi familia y no mucho más. Y soy más feliz que nunca. Hablo todos los días con mis hermanas. También con la mamá de mis hijos. Con ellos todavía no tengo comunicación: hace más de 15 años que no veo a Julián y a Ramiro. Ese es mi próximo paso. Y sé que lo voy a lograr".

Ficha personal

Alberto Martín Vargas nació el 12 de mayo de 1973 en Rafael Calzada. Realizó las divisiones inferiores en Independiente y en Deportivo Español, club en el que debutó en 1992 frente a Rosario Central. Disputó 53 partidos en la Primera División y fue expulsado en tres oportunidades.

El 11 de agosto de 1996 dio positivo de cocaína en un control antidopaje y fue sancionado por seis meses. Regresó a la actividad en Olimpo de Bahía Blanca y luego pasó por Brown de Adrogué y Temperley.

En el año 2000 emigró a Ecuador, donde defendió las camisetas de Delfín, Universidad Católica, Liga Deportiva Universitaria de Loja y Audaz Octubrino. En 2002 tuvo un breve paso por Toros Neza de México.

Se retiró en 2009. Tiene dos hijos, Julián y Ramiro. Vivió un tiempo en Estados Unidos y está en pareja con Guadalupe.